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ARIEL ÁLVARES VALDÉZ

O la disolución de la fe en el racionalismo

A propósito de los exorcismos

 

"¿Cuáles son hoy las más grandes necesidades de la Iglesia? Que nadie se asombre considerando simplista e inclusive supersticiosa e irreal nuestra respuesta: una de las más grandes necesidades es la defensa de aquel mal que llamamos demonio" (Pablo VI, 15/11/72) 

 

 

1. Introducción 

La mayoría de nosotros hemos podido leer en diversos periódicos, en los últimos tiempos, varias notas y artículos referidos al tema del exorcismo. Quiero mencionar, por lo pronto, algunos reportajes de hace tiempo atrás a reconocidos exorcistas en el Semanario católico "Cristo Hoy"; y entre los recientes, los artículos "El obispo exorcista más famoso del mundo regresa al Vaticano" (nº 246 p. 6); "Exorcismo en el Vaticano" (nº 245, p. 7), en el que se narra un exorcismo practicado, exitosamente, por el mismísimo Papa Juan Pablo II en el Vaticano a una "endemoniada" llevada ante su presencia, y especialmente el titulado "Se actualizó el ritual de exorcismos" (nº 244, p. 6), que da cuenta del nuevo rito de exorcismos, que entre otras cosas, contiene una mayor presencia mariana, prescribe sobre la posición a adoptar por el sacerdote, simplifica y flexibiliza algunas oraciones, etc. (Zenit, 26/1/99). 

Lejos estamos de posiciones "anticientíficas" o explicaciones fideistas o mágicas de los fenómenos de orden natural. El desarrollo de la medicina, la psicología y la psiquiatría ayudan a la comprensión de muchos problemas; y seguirán haciéndolo. Parece razonable mantener la prudencia del juicio que ya preveía el antiguo manual (Cristo Hoy nº 245, p. 7), no andar cazando brujas donde no las hay, y estar dispuesto a admitir, quizás, que "los auténticos endemoniados no superan el 5 o 6 por mil del total de personas que se confían a los exorcistas; índice que sube a no más del 30 por mil  para los casos de obsesiones demoníacas, infestaciones, disturbios misteriosos" (Cristo Hoy nº 244, p. 6). 

Por eso también, la importancia del discernimiento de los casos, y la consulta previa con profesionales en casos dudosos. 

De todos modos, Gabriele Amorth, sacerdote exorcista de Roma, recogiendo muchos años de experiencia en la materia (Narraciones de un exorcista, ed. San Pablo, Bogotá, 1996), escribe lo siguiente: 

"A los exorcistas nos parece justo e importante estar atentos a no dejarse engañar por enfermos psíquicos, obstinados, quienes, en resumidas cuentas, no tienen ninguna presencia demoníaca y ninguna necesidad de exorcismo. Pero señalemos también el peligro opuesto, que hoy es mucho más frecuente y, por tanto, más temible: el peligro de no saber reconocer la presencia maléfica y, por tanto, de omitir el exorcismo cuando realmente se necesita. Y estoy de acuerdo con todos los exorcistas con quienes me he comunicado, en reconocer que nunca ha sido perjudicial un exorcismo innecesario (la primera vez y en los casos inciertos todos hacemos exorcismos muy breves, pronunciados en voz baja, que pueden confundirse con simples bendiciones). Por este motivo nunca hemos tenido motivos de arrepentimiento. En cambio, hemos debido arrepentirnos de no haber sabido reconocer la presencia del demonio y de haber omitido el exorcismo en casos en que la presencia del demonio apareció claramente más tarde, con signos evidentes y cuando ya tal presencia estaba mucho más arraigada (...) Por lo dicho se entenderá cuán necio es esperar para hacer el exorcismo a que haya signos seguros de posesión; y es, además, fruto de total inexperiencia el esperar antes de los exorcismos a aquel tipo de signos que la mayoría de las veces se manifiesta solamente durante los exorcismos o después de los mismos" (pág. 35) 

2. ¿Quién tentó a Jesús? 

¿A qué viene todo esto? En estos días llegó a mis manos un pequeño librito: "¿Quien tentó a Jesús?", de Ariel Álvarez Valdés (ed. Lumen, Bs. As., 1995). El autor ha escrito varios libritos similares, muchos de exégesis bíblica sencilla; que se venden en muchas librerías "católicas", se leen por fieles "católicos" y se estudian en seminarios e Institutos "católicos".  

Comencé a leerlo. La tesis central radica en considerar que existe a nivel popular una confusión entre la noción de "diablo" y la de "demonio", cuando en realidad se trata de cosas distintas. Afirma que en los Evangelios siempre se distinguen ambas nociones, atribuyéndose las posesiones siempre a los demonios, de los que se habla sin artículo y en género neutro, dando a entender que no se trata de un individuo personal. En cambio la palabra "diablo" se usa solo en singular (p. 11), y nunca se le atribuyen posesiones (p. 5) sino solo tentaciones (p. 12 y 16). 

Aunque no somos especialistas en la temática, la cosa no parece ser tan así. 

Veamos el siguiente texto: 

"Una vez llegado a la otra orilla, a la región de los gadarenos, le vinieron al encuentro dos endemoniados que habían salido de los sepulcros. Eran violentos en extremo, tanto que nadie podía pasar por aquel camino. Y he aquí, ellos lanzaron gritos diciendo: -¿Qué tienes con nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo? Lejos de ellos estaba paciendo una gran piara de cerdos, y los demonios le rogaron diciendo: -Si nos echas fuera, envíanos a aquélla piara de cerdos. El les dijo: -¡Id! Ellos salieron y se fueron a los cerdos, y he aquí toda la piara se lanzó al mar por un despeñadero, y murieron en el agua. Los que apacentaban los cerdos huyeron, se fueron a la ciudad y lo contaron todo, aun lo que había pasado a los endemoniados" (Mt. 8, 28). 

Veamos este otro 

"Mientras aquéllos salían, he aquí que le trajeron un hombre mudo endemoniado. Y tan pronto fue echado fuera el demonio, el mudo habló. Y las multitudes se maravillaban diciendo: -¡Nunca se ha visto semejante cosa en Israel! (Mt. 9, 32)" 

Del texto surge con claridad que con los demonios se hace alusión a sujetos personales (¿si no, como hablarían?). Y a ellos se atribuyen posesiones, y enfermedades. Además, que también se hace referencia al demonio en singular. 

Lo mismo en el siguiente 

"Entonces una mujer cananea que había salido de aquellas regiones, clamaba diciendo: -¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio" (Mt. 15, 22) 

Tampoco es cierto que al diablo se atribuyan solo tentaciones: 

"Saben que Dios llenó de poder y del Espíritu a Jesús de Nazaret, y que Jesús anduvo haciendo bien y sanando a todos los que sufrían bajo el poder del diablo" (Hech. 10, 34). 

Otro hecho a tener en cuenta es que la Escritura atribuye algunos males naturales (enfermedades) a demonios, pero otras veces a causas naturales. Distingue claramente ambos casos, el expulsar demonios y el sanar enfermos. De ello surge que no confundían una enfermedad con una influencia del demonio, aunque ésta pudiese causar síntomas de aquélla: 

"Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios. Gratis habéis recibido; dad gratis" (Mt. 10, 8) 

Así, en algunos casos dice que Jesús expulsó al demonio (trayendo por consiguiente la cura del mal que provocaba la acción de éste), y en otros, simplemente, curó la enfermedad. Por ejemplo, incluye a los mudos entre otros enfermos: 

"Entonces se acercaron a él grandes multitudes que tenían consigo cojos, ciegos, mancos, mudos y muchos otros enfermos. Los pusieron a los pies de Jesús, y él los sanó" (Mt. 15, 30). 

En este sentido, Gabriele Amorth ha escrito que: 

"El Evangelio es muy preciso en distinguir los enfermos de los endemoniados, aunque algunas consecuencias pueden ser idénticas" (pág. 87) 

Anota el siguiente interesante ejemplo: 

"El 24 de abril de 1988 Juan Pablo II beatificó al carmelita español P. Francisco Palau. Es una figura muy interesante para nuestro caso, porque en los últimos años de su vida se dedicó a los endemoniados. Había conseguido un hospicio en donde acogía a los afectados por enfermedades mentales. Los exorcizaba a todos: los que eran endemoniados, se curaban; los que eran enfermos quedaban como estaban" (pág. 47). 

Y también que 

"Hago notar que la palabra "diablo" en la Biblia no tiene un sentido genérico, como demonio, sino que indica siempre solamente a Satanás" (pág. 60) 

El IV Concilio de Letrán definió que:

"El diablo y los demás demonios, por naturaleza fueron creados buenos por Dios; pero ellos se hicieron malos por su culpa" 

Como vemos, no hace una distinción radical entre el diablo y los "demás demonios", considerando más bien que el diablo es un demonio, siendo éste último un término genérico. 

Hasta aquí parece una cuestión de exégetas. Pero no. Las consecuencias son graves. 

2. Demonios y posesiones en la opinión de Ariel Álvarez Valdés 

Pero mi asombro y decepción vino cuando el autor del libro bajo examen comenzó a utilizar esa distinción para señalar que en realidad la alusión en la Escritura a los demonios y las posesiones demoníacas se deben a las "limitaciones médicas de entonces" (p. 8); es decir, como no podían explicar médicamente las enfermedades, las atribuían a influencias demoníacas. Y que hoy, con el avance científico, "no es posible seguir creyendo en la existencia de los demonios ni en la 'posesión demoníaca' (...) Es verdad que aún hoy se dan dolencias extrañas cuyas causas exactas se ignoran, como la de encender fuego con la mirada, cambiar la voz, vomitar pelos o pequeñas serpientes, y tener conocimientos extraordinarios. Pero no hace falta ya apelar al viejo recurso de los demonios de la época de Jesús. Basta saber que con el tiempo saldrá a la luz su explicación, como de hecho ya sucede, gracias a la parapsicología, con algunos fenómenos como la levitación, la tiptología, la telekinesis o la xenoglosia" (p. 14).  

Ya en este punto estaba indignado. Nadie podrá saber, al fin y al cabo, si determinado fenómeno se debió o no a la acción del demonio. ¿Pero como descartarla siempre con tanta seguridad y generalidad? Así que aunque haya gente que "vomita pelos o pequeñas serpientes", habla con otra voz o manifestando conocimientos que nunca adquirió, rechaza la eucaristía, el agua bendita o la presencia del sacerdote aún sin haberlos visto, atribuir todo esto a una "posible" (subrayo posible) presencia del demonio, es una confusión propia de tiempos primitivos y que debemos descartar absolutamente. Si así fuera, por qué no decir lo mismo de los "milagros": en realidad no existen, es una explicación mágica a fenómenos naturales y hay que esperar a que la ciencia los explique. Ni Cristo resucitó, ni multiplicó los panes, ni está realmente presente en la Eucaristía, ni que hablar del Santo Sudario, los milagros atribuidos a los Santos, el "poncho" de la Virgen de Guadalupe. Resulta arrogante e imprudente negarles posibles explicaciones sobrenaturales, más aún en nuestros días, cuando advertimos que en realidad la ciencia explica menos cosas que las que creía poder explicar (piense en la teoría física de Newton, la relatividad de Einstein, la física cuántica, Heisenberg, y lo que seguirá después). 

No soy el único a quien le afectan estos comentarios. También al exorcista de Roma, Amorth, que hemos citado mucho aquí, preocupadísimo por la desatención que se brinda desde el seno de la Iglesia a la acción del demonio y por tanto a la indefensión en que se coloca a los fieles frente a éste: 

"Me hacen reir ciertos sabiondos teólogos modernos que afirman como una gran novedad el hecho de que ciertas enfermedades mentales pueden confundirse con la posesión diabólica. Y también ciertos psiquiatras o parapsicólogos creen haber descubierto el agua tibia con tales afirmaciones. Si fueran un poco más instruidos, sabrían que los primeros expertos en poner en guardia contra este posible error han sido las autoridades eclesiásticas. Desde 1583, en los decretos del Sínodo de Reims, la Iglesia llamó la atención sobre este posible equívoco, afirmando que algunas formas de sospechosa posesión diabólica podían ser simples enfermedades mentales. Pero entonces la psiquiatría ni siquiera había nacido y los teólogos le creían al Evangelio" (pág. 36). 

Más bien parece que Álvarez Valdés carece en sus juicios del sentido sobrenatural de las cosas, que pretende "acomodar la realidad" a su interés: él quiere, por principio, que no existan las posesiones, y así hace un análisis más que tendencioso. Y ello impide "sentir con la Iglesia" en este punto. 

Así, pudo escribir que "Hoy la Iglesia continúa hablando del Diablo, pero ya no tanto del demonio. Sigue preocupada por las tentaciones, pero lentamente ha ido abandonando su creencia en las posesiones. El Concilio Vaticano II, en todos sus documentos, sólo lo menciona tres veces, y siempre en pasajes bíblicos. El documento de Pueblo no lo nombra ni una sola vez. Tampoco el libro del Bendicional. El nuevo Código de Derecho Canónico, antes más explícito, ha reducido el tema del exorcismo a un solo canon. Y mientras los antiguos catecismos hablaban con más detalles de la vida y el accionar de los demonios, el Nuevo Catecismo sólo le dedica dos números" (p. 15). Ahora resulta que para saber cuál es la enseñanza de la Iglesia sobre una cuestión, hay que contar el número de veces que se lo menciona en un documento. Resulta que la maternidad divina de María no es parte importante de la Enseñanza de la Iglesia, porque el credo la menciona una sola vez. Y que miles de Santos en realidad no lo son tanto porque el documento de Puebla no los menciona ninguna vez. No basta que algo esté enseñado en el Catecismo o prescripto en el Código de Derecho Canónico, no, debemos contar el número de palabras que se le dedican, para ver si tiene valor. ¿Qué tiene que hacer la Iglesia?, ¿repetir cada cosa que enseña extensa y permanentemente porque si no se tiene por automáticamente derogada? 

3. La Iglesia y los exorcismos 

Pero mi indignación con el libro fue aún mayor cuando encontré, a continuación, una falsedad manifiesta. "En el siglo III la Iglesia preguntó a los científicos de la época por qué ciertas personas tenían comportamientos sumamente extraños, y le contestaron: "Están endemoniados". Ante esto, creó la ceremonia del exorcismo. En el siglo XX la Iglesia vuelve a hacer la misma pregunta a los científicos, y ahora éstos contestan: "Tienen raras patologías, cuyas causas a medias ya se conocen". Entonces, suprimió el exorcismo" (p. 15). 

¡Así que la Iglesia suprimió el exorcismo! ¿Cómo se puede confundir tanto a la gente? ¿Cómo se puede escribir un libro con tan poca seriedad? ¿Cómo puede tener la difusión que tiene? "El nuevo texto se desarrolla en continuidad con el viejo. No hay un verdadero cambio sustancial, ni una ruptura con el texto anterior. Hay cambios que se refieren al lenguaje. se trata de un lenguaje más sobrio, con menos adjetivos. Además se da más libertad al sacerdote que practica el exorcismo, con una mayor flexibilidad acerca de las oraciones a usar. En resumen hay una novedad en el estilo, en el lenguaje más adaptado al mundo en el que vivimos, pero el contenido sigue siendo el mismo", dijo el cardenal Jorge Arturo Medina Estévez prefecto de la Congregación para el Culto Divino, al presentar el nuevo rito del exorcismo ¡La Iglesia estrena el nuevo rito de exorcismo y el autor dice que lo ha suprimido! (Zenit, 26/1/99). 

4. Razón y Fe 

¿De qué Iglesia hablará Álvarez Valdés cuando dice que suprimió el exorcismo? La acción del demonio en la vida humana es, en gran parte, un misterio. Misterio significa que hay cosas que no podemos explicar. Quizás algunas las podamos explicar en el futuro. No sabemos. Mientras tanto, seguimos abiertos a la ciencia y al misterio. No pretendemos saber más que lo que sabemos. No nos cerramos al misterio por adorar la ciencia como un ídolo; ni damos la espalda a la ciencia por apego infantil a lo mágico. Duele que algunos que tienen en la Iglesia la misión de enseñar no entiendan algo tan simple. 

Este librito, como ocurre también con otros del mismo autor, deben prevenirnos de la tentación naturalista y racionalista. Reducir lo sobrenatural a lo natural. Y la fe a lo racional. Cuando algo escapa a la explicación natural, lo forzamos, y lo metemos a presión, para que sea explicable por causas naturales. Cuando algo no "entra" totalmente en nuestra limitada razón, lo deformamos, lo "recortamos", eliminamos la esfera de misterio que posee. Todo, en el fondo, para no reconocer nuestra limitación, para no creer en lo que está más allá de nuestras fuerzas naturales, para no someternos. Derribar el orgullo para estar dispuesto al verdadero acto de Fe, creer sin ver, exige humildad, a la que un hombre al que han convencido de que es la medida de todas las cosas, no está siempre dispuesto. La tentación racionalista... que se manifiesta también en otras obras del mismo autor, donde muchísimos relatos de la Sagrada Escritura, del Antiguo y del Nuevo Testamento, que indican algo milagroso o sobrenatural son reducidos a mitos, metáforas o recursos litararios que no debemos considerar como reales... 

De todos modos, estemos tranquilos. Ser creyente es lo más sensato del mundo. Aunque muchas verdades de Fe no resulten demostrables racionalmente, sí sabemos, a todas luces, que es más evidente y sensato creer en ellas que negarlas. De otro modo, miles de cosas quedan sin explicación coherente. Volvamos sobre la obrita que nos ocupa. ¿No es insensato pensar que aunque haya gente que "vomita pelos o pequeñas serpientes", habla con otra voz o manifestando conocimientos que nunca adquirió, rechaza la eucaristía, el agua bendita o la presencia del sacerdote aún sin haberlos visto, es imposible que eso se deba a la presencia del demonio? 

5. Las "confesiones" de un exorcista 

Volvamos a las palabras de Gabriele Amorth, que además de saber teología, se ha enfrentado, como exorcista, de hecho, con demonios. 

De las referencias de la Sagrada Escritura, las elaboraciones teológicas y su propia experiencia "profesional", concluye con certeza que además de la "acción ordinaria del demonio, que se dirige a todos los hombres: la de tentarlos para el mal" (pág. 23), existe una acción extraordinaria, que puede asumir cinco formas diversas: 1. los sufrimientos físicos causados externamente (golpes, flagelaciones, etc. de la que dan testimonio vidas de Santos como el cura de Ars); 2. la posesión diabólica (cuando el demonio se posesiona de un cuerpo para hacerlo actuar como quiere); 3. la vejación diabólica (disturbios y enfermedades); 4. la obsesión demoníaca (asaltos repentinos, a veces contínuos, de pensamientos obsesivos); y 5. las infestaciones diabólicas (sobre casas, objetos, animales). 

Anota que 

"Las posesiones son bastante raras aún hoy; pero nosotros, los exorcistas, encontramos gran cantidad de personas golpeadas por el demonio en la salud, en los bienes, en el trabajo, en los afectos... Quede bien claro que diagnosticar la causa maléfica de estos males (es decir, acertar en si se trata de una causa maléfica o no) y curarlos, no es de hecho más sencillo que diagnosticar y curar las posesiones auténticas; podrá ser diversa la gravedad, pero no la dificultad para captarlas y el tiempo requerido para la curación" (p. 24) 

Enumera también los motivos por los que pueden darse, en una persona, estos disturbios extraordinarios del demonio (pag. 43 y ss.): 1. Por simple permisión de Dios (casos en que Dios permite la acción extraordinaria del demonio para que el hombre se haga más humilde, paciente, y comprenda que sin la ayuda de Dios caería en los peores males. Es el ejemplo de muchos Santos, que padecieron su acción); 2. Cuando se sufre un maleficio (que consiste en hacer daño a otro mediante la intervención del demonio, siendo el modo más usado la hechicería); 3. Cuando se lleva una vida sin fe, en un grave estado de pecado y de endurecimiento del mismo (caldo de cultivo ideal para la acción del demonio); y 4. Visita a lugares o personas maléficos (sesiones espiritistas, de magia, cultos satánicos, recurso a magos, etc.). 

Anota el autor que dado como proliferan en nuestros días estas situaciones, no extraña que el demonio ejerza una mayor acción sobre los hombres; justamente en tiempos en los que su presencia es ignorada e incluso negada, hasta por los mismos miembros de la Iglesia. 

De todos modos nos deja tranquilos. La oración, la práctica sacramental, la vida conforme con la ley de Dios son las mejores prevenciones y curas frente a la acción del demonio. Valen más que mil exorcismos. A seguir, entonces. 

Mariano G. Morelli           

 

RETRACTACION

 

Carta del presbítero Alvarez Valdés

            Con fecha 19 de julio, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe me pidió que en alguna revista o boletín católico publicara el siguiente texto de retractación :

            En el mes de diciembre de 1995 publiqué un artículo de divulgación bíblica, titulado "¿EL DIABLO Y EL DEMONIO SON LO MISMO?". En dicho artículo yo afirmaba que:

1.         "No es posible la posesión diabólica, en el sentido de que un ser personal se introduzca dentro de otra persona, lo posea y lo obligue a tender hacia el mal en contra de su voluntad".

2.         "Los casos de posesión diabólica siempre son enfermedades a las que la ciencia de aquel tiempo no encontraba respuesta natural".

3.         "Jesús vino a enseñar religión, no medicina. En este sentido Jesús permaneció dentro de los límites de la concepción judía de aquel tiempo. Los presuntamente poseídos eran en realidad enfermos, pero como la gente explicaba aquellos trastornos y su curación mediante el lenguaje de "posesión" y "exorcismo", Jesús no tenía porqué hablar con términos distintos de los que eran familiares en aquel tiempo".

4.         "A la altura de nuestros actuales conocimientos, tanto científicos como bíblicos, no es posible seguir creyendo en la existencia de los demonios".

5.         "(La Iglesia) lentamente ha ido abandonando su creencia en las posesiones".

6.         "En 1984 Juan Pablo II publicó el nuevo Ritual Romano en el que elimina definitivamente la ceremonia misma del exorcismo, de la Iglesia Católica".

7.         "En el siglo II la Iglesia preguntó a los científicos de la época por qué ciertas personas tenían comportamientos sumamente extraños y le contestaron: están endemoniados. Ante esto, creó la ceremonia del exorcismo. En el siglo XX la Iglesia vuelve a hacer la misma pregunta a los científicos, y ahora éstos contestan: tienen raras patologías, cuyas causas a medias ya se conocen. Entonces (la Iglesia) suprimió el exorcismo".

            "Por medio de la presente quiero retractarme de estas afirmaciones, y reconocer que eran erróneas y contrarias a las enseñanzas de la Iglesia Católica, a la que amo y deseo servir fielmente desde mi ministerio. Especialmente a la luz del nuevo Ritual del Exorcismo, recientemente aparecido.

            "Asimismo quiero dejar en claro que me someto, como siempre procuré hacerlo, a todo lo que la Santa Madre Iglesia cree y enseña, y que deseo permanecer siempre unido a ella".

 

 Firmado: Presbítero Licenciado Ariel Alvarez Valdés,  Diócesis de Santiago del Estero."+