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(Tomado del libro POR AMOR AL ODIO  de Carlos Manuel Acuña)

 

 Historia de los curas tercermundistas en Argentina

 

 

 La “concientización liberadora”

 

 “No existen contradicciones entre los propósitos de la religión

y los propósitos del socialismo». 

(Del discurso de Fidel Castro ante los representantes

del Consejo Mundial de Iglesias, en Jamaica, 1977).

 

 Es cuando nace el proyecto de ingresar metodológicamente en dos ámbitos para trabajar desde adentro: uno de ellos, señalado como el principal, fue la Iglesia Católica, por la fuerza de su contenido espiritual y su enorme influencia en todos los niveles y sectores. El otro fue el ámbito más específicamente cultural, que abarca desde los sistemas y estructuras educativas, los organismos formadores de la juventud o representativos de la vida cultural, hasta los medios de comunicación —o simplemente al periodismo, como se decía entonces— expandiéndose dentro de ellos hasta alcanzar posiciones importantes.

        Al respecto no puede dejar de mencionarse, por la notable incidencia que adquirió en su momento, la tarea desarrollada por un brasileño que incursionó en nuevas teorías educativas centralizadas en la exaltación del hombre y en los sectores más necesitados de la sociedad.

Se trata de Paulo Freire, creador de la “Pedagogía del oprimido”, una obra que apareció en 1967, pero que antes de la década del sesenta ya estaba promocionada dentro y fuera de las fronteras de su país de origen. Allí, cuando aún no había cumplido cuarenta años de edad, desplegó una intensa tarea como “católico progresista” formado en la misma corriente francesa que inspiró Teilhard de Chardin. Para esa época —y con antelación al Concilio Vaticano II— comenzó a colaborar con monseñor Helder Cámara en la formulación de ideas y proyectos y había generado una corriente educativa que fue definida por el sacerdote marxista Hugo Assman   —uno de sus principales prologuistas— como un método destinado a la instrumentación de una “cultura popular” sintetizado en el principio de “concientiza y politiza”.

Nunca una tendencia en este campo estuvo tan bien definida con esos dos conceptos rescatados por un admirador y defensor de la doctrina que nos ocupa, pues más que un sistema técnico para mejorar la enseñanza, las propuestas de Freire fueron un severo cuestionamiento político social, concurrente con lo sostenido por los sectores rebeldes de la Iglesia Católica. Cuestionamiento de una intensidad tal que llevó a Freire a diseñar y fundar el Movimiento de Educación de Base de la Iglesia, eufemismo bajo el cual se desarrolló todo un proyecto de propaganda y “praxis” marxista inteligentemente estructurado, que si bien no alcanzó a formar una doctrina educativa, desarrolló algo más intenso que una simple protesta social.

En 1964, cuando la planificación política cubana para el continente consideraba avanzado el proceso de maduración para nuevos intentos insurgentes, Freire debió salir del Brasil y pasó a presidir, en España, el Instituto Ecuménico al Servicio del Desarrollo de los Pueblos (INODEP), una organización eminentemente activista. Para esa época logró una excelente penetración en medios intelectuales y eclesiásticos de la corriente más “progresista” de la Democracia Cristiana chilena. En ese país sus ideas, ampliadas en las enseñanzas de autores como Emmanuel Mouníer y los marxistas George Lukács y Herbert Marcuse, de la Escuela de Frankfurt, facilitaron la divulgación de los principios foquistas propuestos por Guevara.

En Chile su insistente trabajo adquirió con el correr de los meses una notable importancia, pues contribuyó a formular un esquema de conceptos revolucionarios entre sectores universitarios y católicos, que se tradujeron en una casi inmediata militancia política. Freire hizo la apología del “cura guerrillero” Camilo Torres Restrepo, cuya imagen convenientemente promocionada adquirió renombre mundial hasta que fue eclipsada por la del Che Guevara. Torres Restrepo , formado en la universidad belga de Lovaina, provenía de los sectores sociales y políticos más importantes de Colombia, hasta que al volver de sus estudios se integró a la guerrilla de su país, en medio de una notable conmoción que contribuyó a lanzarlo después hacia la fama. Para la época, resultaba inconcebible que un religioso y mucho menos uno de su perfil y antecedentes, pudiera lanzarse hacia una militancia caracterizada por una violencia aventurera y sanguinaria. Pocos meses después murió durante un enfrentamiento armado y se convirtió en la figura sacerdotal de la corriente progresista, que había comenzado a transformarlo en una suerte de modelo, de ejemplo, de símbolo vivo que expresaba cabalmente sus aspiraciones.

La sucinta reseña de la obra de Paulo Freire quedaría incompleta si no se agregara que su concepto de las “superestructuras” que dominan a los “oprimidos” y la ausencia del concepto de Dios en toda su construcción intelectual, no sólo constituye un cuestionamiento, sino un ataque directo a todas las manifestaciones institucionales. Llegó a promover lo que seria el futuro y no lejano argumento “liberador” y combativo, sustento para una violencia como nunca jamás se había vivido hasta entonces en el continente. Sus construcciones intelectuales ingresaron también dentro de las líneas juveniles de distintas corrientes de izquierda, a las que proveyó de un nuevo enfoque ideológico que contribuyó a las crisis determinantes de divisiones y enfrentamientos, provocados por quienes querían apurar la revolución mundial mediante la lucha armada.  

 

Aparece el “Tercermundismo” 

 

“Hoy, si se va realmente al fondo de cada protesta,

se encontrará allí la ambición de traer la lucha de clases

al seno de la Iglesia; es una especie de marxismo aplicado a la religión.”

Cardenal Daniélou.

 

Pero antes de que estos y otros componentes se pusieran en marcha en toda su plenitud, dentro de la Iglesia Católica irrumpió uno de los fenómenos de mayor trascendencia política e ideológica que tuvo el proceso desatado por la Guerra Revolucionaria desde los años sesenta. Se trata del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) que sustentado en muchas y diversas causas, tuvo alcances mundiales pero una particular incidencia en América latina. En los hechos, significó un aporte significativo para el desarrollo revolucionario, al afectar directamente a una institución rectora y señera que se vio convulsionada mientras vivía una etapa de grandes cambios, cuya expresión máxima fue el Concilio Vaticano II que funcionó en Roma entre 1962 y 1965.

En general, los analistas observaron que la irrupción del tercermundismo trató de utilizar esos cambios, incorporando una particular visión del catolicismo entre cuyos antecedentes pueden mencionarse las propuestas de católicos holandeses que privilegiaban una misión meramente social para la Iglesia. Aunque mucho más complejo por sus enfoques doctrinarios, el fenómeno se integró al proceso conocido como modernismo, que impulsa nuevas catequesis, habla de un nuevo enfoque para la relación de las jerarquías con la grey y ensaya cambios en las formas que, a su vez, derivaron en graves confusiones doctrinarias.

Concretamente, el tercermundismo fue el instrumento, el vehículo, el medio para intentar —nada menos— el copamiento de la Iglesia y la finalidad no podía ser otra que utilizarla en el conflicto ideológico y estratégico que se conocía como Guerra Fría, en cuyo seno se desarrollaba la Guerra Revolucionaria.

En junio de 1969, en la ciudad de Montevideo se realizó una importante reunión de las dirigencias de los aparatos del comunismo, cuyo comité central redactó importantes directivas destinadas a extender el crecimiento del marxismo en el continente latinoamericano.

Con relación a la utilización del catolicismo como factor político, se presentaron once consignas destinadas a “preparar las universidades católicas contra el capitalismo” y para ello recomendaba “estimular el celo del clero progresista, reclamar mayores libertades para el clero, asociar la Iglesia a las masas en las reivindicaciones sociales y estimular el activismo de los sacerdotes revolucionarios”.

Las consideraciones del proyecto lo relacionaron con las citadas propuestas del catolicismo holandés y como metodología revolucionaria  las instrucciones recomendaron provocar “un escándalo en cada lugar, un desorden cada hora” con la acotación de que resultaba preciso “conjugar las acciones del clero, los obreros, los campesinos, los maestros y los profesores”. Respecto de la Argentina se señaló que “las guerrillas urbanas de Córdoba, Tucumán y Rosario harán surgir los mártires necesarios” aunque se designaba a la provincia de Mendoza “como el punto de partida de la revolución”. La octava consigna precisó que “la imagen de Cristo debe presidir los grandes actos de transformación” y que para lograr “una Iglesia revolucionaria” se hacia necesario imponer la imagen de “un Cristo guerrillero”. El tema fue utilizado de muchas maneras, alcanzó su auge después de la muerte del sacerdote colombiano Camilo Torres, durante la circulación de la revista “Cristianismo y Revolución” y de otras que fueron instrumentadas por las distintas corrientes de la izquierda revolucionaria. La distribución de las distintas imágenes del “Cristo Guerrillero” constituyó todo un símbolo que resumía el objetivo revolucionario en este terreno y fue coincidente con la aparición del MSTM.

Acompañados por una propaganda sutil en sus comienzos y más abierta con el correr de los meses, los tercermundistas también respondían a un estado de inconformismo que existía entre determinados sectores del clero latinoamericano por desigualdades sociales, políticas y económicas, que sirvieron de marco y favorecieron el estallido del fenómeno. Sobre todo durante los primeros momentos, no todos los que adhirieron al MSTM lo hicieron por los mismos motivos ideológicos, lo que se evidenció por algunas deserciones iniciales y una relativamente larga etapa de reacomodamiento, hasta que alcanzó la virulencia con que se manifestó hasta su fracaso convocante.

Lo cierto es que su influencia fue muy grande y que la mayoría de sus representantes y de las organizaciones derivadas que creó, tuvieron un activo papel como protagonistas destacados durante esos años de lucha. Simbólicamente, el primer guerrillero urbano que murió en la Argentina durante un enfrentamiento a tiros con la policía, fue el ex seminarista Gerardo Maria “Tulli” Ferrari. Pertenecía a las FAP y cayó en Villa Piolín el 13 de junio de 1969, cuando el sacerdote Carlos Mugica ya actuaba como asesor y formador espiritual de quienes poco después secuestrarían y asesinarían a Aramburu.

Todos los estudiosos del problema coinciden en que las distorsionadas interpretaciones que surgieron durante y después del Concilio contribuyeron enormemente a impulsar el ideologismo tercermundista, especialmente a través de las versiones periodísticas que llegaron a confundir tan profundamente a importantes sectores del público, que se las bautizó como el “Concilio Paralelo”. La mayoría de las crónicas y de las noticias se caracterizaban por el uso de un lenguaje ambivalente que, en algunos casos, permitía extraer conclusiones diametralmente opuestas al pensamiento de la Iglesia.

Por su trascendencia es conveniente un breve comentario adicional, pues la inteligente campaña de desinformación y tergiversación que se canalizó a través de los medios, comprendió a aquellos —seguramente la mayoría— que no actuaron intencionadamente. Montada en la buena fe, sin apuro y con recursos, esta clase de propaganda comienza por sentar forzados precedentes conceptuales. Una vez generalizados e incorporados al ámbito de trabajo de quienes comunican e informan, se convierten en valores aceptados que comienzan a instalarse en la opinión pública, donde crecen y se transforman en denominadores comunes. Cuando alcanzan esa dimensión, se hacen indispensables para lograr credibilidad. A quienes reaccionan, advierten el error que se comete o simplemente disienten con la orientación ya adoptada por la mayoría, en algunos casos se los ignora y en otros se los acusa de tremendistas, extremistas o más genéricamente, de fascistas. Es una técnica simple y vieja, pero que produce excelentes resultados para quienes la aplican.

 

Los antecedentes principales y el manipuleo de los conceptos

 

 Cuando después de la Segunda Guerra Mundial nació el mundo bipolar que dio origen a la llamada Guerra Fría, Francia acuñó por primera vez la expresión ‘Tiers Monde” para expresar o referirse a aquellos países subdesarrollados que no habían caído en las órbitas de las dos grandes potencias que competían por la hegemonía mundial: los Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1957, la capacidad diplomática y propagandística de esta última obtuvo un gran triunfo estratégico, que alteró el lenguaje utilizado para la alta política y trajo aparejado un notable golpe de efecto. Como conclusión de la Conferencia de Solidaridad Afroasiática que ese año se realizó en la ciudad de El Cairo, los soviéticos obtuvieron la exclusiva condena al colonialismo occidental, que a partir de ese momento y perspectiva, resultó el responsable y causante del subdesarrollo de los pueblos oprimidos por la servidumbre del colonialismo capitalista. Consecuente y dialécticamente, seria el comunismo el que trataría de liberarlos. El instrumento para hacerlo sería la Guerra Revolucionaria. Del imperialismo y colonialismo soviéticos, ni una palabra.

Gracias a la propaganda simple y efectiva, se consolidó el concepto de que el Tercer Mundo estaba formado por los pueblos pobres del mundo, motivo de un sostenido conflicto cuyas geografías principales se daban en África, Asia y América latina, precisamente los componentes de la Tricontinental organizada por los cubanos. El argumento añadía que también formaban parte del tercermundismo los pobres de los pueblos ricos, dialéctica que llevaba a la idea que entonces adquiría una simpleza directa y psicológica: resultaba inevitable recurrir a la violencia revolucionaria para operar el cambio hacia las “estructuras liberadoras".

Dentro de este cuadro se ubicaba con firmeza a nuestra América latina, donde males endémicos de marginación, inequitativo reparto de bienes, economías de monocultivo, carencias en educación y salud, se sumaban por último a la exaltación recurrente de una cultura indigenista “arrasada” por la colonización cristiana. Con todos estos elementos se movilizaron grupos activos de cada país para embanderarlos en el tercermundismo que, poco más tarde, sería acompañado por violencia, acciones subversivas y una teología marxista de liberación que buscaría alterar sustancialmente el sentido cristiano de la evangelización. De allí a aceptar como paradigma a la Revolución Cubana, hubo un corto paso. Poco después, la Tricontinental y la OLAS proveyeron las directrices metodológicas para instrumentar la praxis.

 

 Los 18 obispos y su primer mensaje “tercermundista”.

 

“La lucha de clases no es una teoría, sino la realidad misma”

. “El único medio... es suprimir, por la socialización de los

medios de producción, la existencia del patrón y del asalariado”.

 

(De la carta que en julio de 1964 quince sacerdotes obreros

dirigieron al Concilio Vaticano II.)

 

En septiembre de 1967 comenzó a circular un documento titulado “Mensaje de 18 obispos del Tercer Mundo” firmado por una ínfima representación de obispos católicos —diez por América latina: (nueve brasileños y un colombiano), cuatro por Asia, dos africanos, un europeo y otro por Oceanía— dirigido a los sacerdotes en general “y a todos los hombres de buena voluntad”, como clara expresión que se apuntaba a hombres comunes, no ya a teólogos ni a especialistas en temas doctrinales. Una de las finalidades principales, establecía que “... esta carta prolonga y adapta la encíclica “Populorum Progressio”, dictada en marzo de 1967 por el Papa Paulo VI, una vez concluido el Concilio Vaticano II. En ella, el Santo Padre precisaba la dimensión mundial adquirida por la cuestión social y al establecer la visión cristiana del desarrollo, urgía a la adopción de reformas que lo posibilitaran con sentido solidario, para lograr la paz y equidad duraderas. La encíclica alertaba también sobre “la tentación de la violencia” ante graves situaciones de injusticia y remarcaba el peligro de la revolución como “mal mayor”, salvo en los casos de tiranía evidente y prolongada.

Pero la interpretación de los diez y ocho obispos buscaba definir a “los tres grandes grupos de pueblos: las potencias occidentales enriquecidas en el siglo pasado, dos grandes países comunistas —China y la URSS— transformados en grandes potencias y, finalmente, ese Tercer Mundo que busca cómo escapar del dominio de los grandes y desarrollarse libremente”.

El mensaje era un verdadero alegato para erradicar injusticias y explotaciones y para promover un estado político, social y económico más libre y equitativo a nivel mundial. Con ese fin profundizaba temas como la prescindencia de la Iglesia ante los sistemas establecidos, la fidelidad que deben los pastores a sus pueblos, el reconocimiento de la dignidad humana y la igualdad social, la perversidad de las persecuciones y el exilio forzado, la denuncia de los privilegios, la acumulación de la riqueza sin solidaridad ni sentido social y la condena de la guerra. En definitiva, un proyecto que, de observarse, de cumplirse, plasmaría el loable objetivo de una humanidad en paz y justicia.

Sin embargo, más adelante se incurre progresivamente en confusiones y contradicciones que alteran o comprometen el sentido del documento. Por ejemplo, en el punto 17 los obispos expresan categóricamente que “nadie busque en nuestras palabras alguna inspiración política”, pero poco más arriba --punto 14-- al criticar algunas prácticas capitalistas, se afirma: “Pero ella (la Iglesia) no puede más que regocijarse al ver aparecer en la humanidad otro sistema social menos alejado de esta moral” (de los profetas y del Evangelio), y para que no quepan dudas respecto del “otro sistema” sostiene que: “los cristianos tienen el deber de mostrar que el verdadero socialismo es el cristianismo integralmente vivido, en el justo reparto de los bienes y la igualdad fundamental de todos. Lejos de contrariarse con él —añaden los diez y ocho obispos— sepamos adherirlo con alegría, como a una forma de vida social mejor adaptada a nuestro tiempo y más conforme con el espíritu del Evangelio...

Dentro del mismo orden de ideas, otro párrafo sostiene que “todos los poderes ya establecidos han nacido, en una época más o menos le­jana, de una revolución, es decir, de una ruptura con un sistema que ya no asegura el bien común, y de la instalación de un nuevo orden más apto para procurarlo”. Mencionar a la revolución como el método apto para operar el cambio, agregada al socialismo como sistema perfeccionador, significaba toda una revelación ideológica que se compadecía con una declaración anterior formulada el 1° de julio de 1966 en Recife, por los obispos del “nordeste” brasileño, una de las regiones más pobres del país.

Pero la alusión ponderada hacia la teoría del socialismo no se agotaba con estas frases, pues en el punto 15 se consignaba una cita del obispo de Split, Yugoslavia, quien había sostenido que “... la evolución de la sociedad progresa en este sentido, y con seguridad dentro de ese sistema del que se afirma no ser tan sensible como nosotros en cuanto a la dignidad humana, es decir, el marxismo”.

Lo concreto fue que este mensaje inauguró un debate que, con toda profundidad, puso de relieve una parcial y a veces distorsionada interpretación de la encíclica Populorum Progressio. Si bien la citaba expresamente como referencia básica, se incorporaron a su texto temas ajenos al espíritu y la letra de aquel documento, tales como el concepto de Tercer Mundo, la oficialización de la revolución como opción de cambio y una explícita selección del socialismo como modelo político. Otro aspecto singular que levantó las primeras resistencias a la proposición de quienes se convertirían en propulsores y activistas, fue la inexistencia del pretendido ecumenismo de este documento, que no se conciliaba con las limitadas jurisdicciones de 18 obispos que pretendían hablar en nombre de los desposeídos del mundo, con la particularidad que la mitad eran brasileños.

Todos estos componentes integraron un estado de crisis que se ampliaría con el correr de los meses, signado por un marcado cuestionamiento a la prédica tradicional de la Iglesia y al Magisterio. Poco después la cuestión evolucionaría ideológicamente hacia términos más precisos, más expresos y menos dudosos, hasta alcanzar niveles de notable dureza, un perfil que se dada con peculiar profundidad en la Argentina, materializando casos de agudeza insospechada. En definitiva, el tercermundismo ingresaba con fuerza en el proceso contestatario de la época y sus efectos se prolongarían hasta hoy.

 

Un misterioso militar francés

 

Para poder avanzar con el análisis del fenómeno, es imprescindible relatar algunos aspectos escasamente conocidos, donde se mezclan las acciones terroristas con el espionaje, una paciente tarea de penetración ideológica y desestabilización, lo cual fue concebido con notable anticipación al explosivo desarrollo de los hechos posteriores.

Dada la importancia de la operación y el papel cumplido por el marxismo argelino para el cumplimiento del proyecto —corresponde recordar los numerosos viajes realizados por Guevara a Argel— virtualmente debemos parafrasear al asesinado Carlos Sacheri quien fue el primero en consignar una cadena de sucesos de insospechables derivaciones y que comprendieron la solapada participación de elementos pertenecientes a la estructura del Partido Comunista.

A comienzos de 1960 en nuestro país se dieron ciertos indicios que, mirados retrospectivamente, adquieren una dimensión de tal naturaleza que permite entender la medida de las consecuencias que producen sus efectos, luego de una paciente espera por parte de sus planificadores.

Adelantándose a la aparición del tercermundismo, ese año llegó a Buenos Aires un joven sacerdote francés, Gilberto Rufenach, de quien se ignoraba su condición de militar prófugo y comunista.( El caso está consignado por Carlos A. Sachen —asesinado por el ERP el 22 de diciembre de 1974-- en su libro “La Iglesia clandestina’. La publicación de la obra culminó su trayectoria como firme defensor de la ortodoxia católica, actitud que en definitiva le costó la vida a este destacado escritor e investigador de los problemas religiosos. Otras fuentes registraron el suceso de cuyo estudio surgen nuevas conclusiones para comprender lo que realmente sucedió en la Argentina durante las décadas de los años sesenta y setenta).

Tenia alrededor de treinta años de edad, había alcanzado el grado de capitán y se encontraba destinado en Argelia cuando este país era una provincia extracontinental de Francia y sufría una guerra interna desatada con el fin de separarla de la metrópoli. Si bien las fuerzas rebeldes levantaban banderas aparentemente limitadas a un nacionalismo de izquierda e independentista, estaban controladas por el marxismo y desarrollaban una moderna estrategia de guerra de guerrillas. Rufenach había sido captado por el Frente de Liberación Na­cional (FLN) y aceptó desempeñarse simultáneamente como informante de éste, pero con el correr del tiempo adquirió un mayor protagonismo y entró en una espiral de violencia, tal como él mismo lo relató ante varios de los acólitos que logró una vez instalado en Buenos Aires. Se jactaba de tres cosas: ser sobrino del Arzobispo de París, cardenal Feltin, haberlo amenazado con una pistola ,y que cuando “liquidaba” a alguien en Argelia, junto con la bala “iba su absolución”.

Una vez llegado a la Argentina, Rufenach se alojó en la Parroquia de Todos los Santos y Animas del porteño barrio de la Chacarita, cuyo párroco era el R.P. Alfredo Trusso. Enseguida ingresó a trabajar como “contratado” en el Instituto Torcuato Di Tella, con el que estaba vinculado desde antes de su llegada al país.

Mientras se instalaba y establecía los primeros contactos para desplegar la actividad que tenía prevista, es importante echar una mirada sobre la situación mundial de ese entonces, cuando ya estaba iniciada la Guerra Fría. El escenario de la confrontación se había transformado en multifacético y se desenvolvía en el terreno cultural, educativo, científico, periodístico, en el de la incipiente actividad del entretenimiento —el cine por ejemplo— y comenzaba a aparecer en otras manifestaciones que incluían las religiosas. Así sucedía con los llamados “curas obreros”, que nacidos en Francia para actuar y convivir entre los sectores laborales, habían iniciado un proceso de asentamiento en otras partes del mundo, incluyendo la Argentina (Surgieron después de la Segunda Guerra Mundial y fueron captados inmediatamente por el aparato del Partido Comunista Francés, especialmente de los sindicatos que le respondían. Generaron grandes problemas políticos y la situación llevó al Papa Pío XII a formular una severa advertencia sobre el desempeño de estos sacerdotes, convertidos muchas veces en verdaderos activistas de extrema izquierda).

En el orden internacional los franceses perdían Argelia, los Estados Unidos ampliaban la instalación de sus bases en Europa y Turquía e iniciaban su intervención en la guerra de Vietnam. En el plano educativo se proponían nuevas pautas permisivas que lograban adeptos —además de las enseñanzas de Paulo Freire con su “Pedagogía del oprimido”— aparecían la mezcalina y el LSD, como droga promocionada y aceptada por una parte de la intelectualidad de la época. El fenómeno del narcotráfico se aprestaba a dar el gran salto, precedido por uno de los grandes negocios de la mafia que se asomaba a la televisión: la pornografía. Las expresiones musicales multitudinarias todavía no habían alcanzado sus actuales dimensiones, mientras que, para numerosos observadores, el movimiento hippie lograba su ápice en Woodstock, durante 1969. En general, el avance del comunismo era un fantasma concreto que conmocionaba a Occidente y endurecía los términos de la Guerra Fría.

Dentro de este panorama de cambios estratégicos y de confrontación de valores, el sacerdote y militar prófugo de su ejército, al que había traicionado, inició sus actividades conectándose con otros dos sacerdotes que actuaban en la misma parroquia: los padres García Morro y Ramondetti, quienes desde 1956 habían inaugurado experiencias de “apostolado obrero”.

Esto les permitió relacionarse con otros “curas obreros” franceses: Andrés Lanzón (ex párroco de Wilde) y Francisco Huidobro –un francés de familia española— quienes a su vez estaban vinculados con el Partido Comunista Francés. Ambos se desempeñaron en el Obispado de Avellaneda y trabaron una sólida amistad con quien luego sería el controvertido obispo de esa diócesis, monseñor Jerónimo Podestá, suspendido “a divinis” luego de su casamiento, un hecho que conmocionó a la opinión pública de ese entonces.

 

Otra vez el uniforme

 

 Entre sus nuevos amigos, Rufenach era quien llevaba la voz cantante con los libros de Teilhard de Chardin y de Paulo Freire debajo del brazo, repitiendo con el primero que “todo lo viejo debía desaparecer” y que “moldes de pensamiento, tradiciones y dogmas tenían que ser cambiados” a lo que acotaba que “el Dios de los cristianos en las alturas y el Dios marxista del progreso se reconcilian en Cristo... “.(Así lo señala George Tyrrell cuando evalúa el pensamiento modernista de este jesuita).

Dotado de carácter, grandes dotes de convencimiento y una audacia manifiesta, el ex capitán extendió sus contactos hacia la línea oficial del Partido Comunista y los primeros encuentros se realizaron con elementos menores de la célula partidaria que operaba en el vecino barrio porteño de Villa Crespo. Allí, el francés tenía su cuartel ge­neral y operaba para dividir a la Parroquia de Todos los Santos y Animas, con la idea de contar con una base administrativa propia para desarrollar sus actividades ideológicas. La maniobra tuvo éxito. Para ese entonces Rufenach ejercía una gran influencia sobre Ramondetti, quien había asimilado las posturas ideológicas de una izquierda activa y casi beligerante. Esto no le impidió moverse con inteligencia en la Curia, donde finalmente obtuvo que se dividiera la parroquia del padre Trusso y que se lo designara a él mismo a cargo de la nueva jurisdicción denominada Parroquia de la Encarnación del Señor.

De acuerdo con el relato de Sacheri, un hecho fortuito reforzó la posición de Rufenach. Se enteró que durante los inicios de 1960 visitaba nuestro país una delegación de altos jefes militares franceses para tratar temas relacionados con la posible venta de armas y exponer ante los mandos del Ejército la experiencia adquirida durante la confrontación que protagonizaron en Indochina, donde fueron derrotados por una guerrilla a la que enfrentaron de acuerdo con la doctrina de la guerra convencional.

Una de las primeras recomendaciones que trasmitieron fue que, si se daba el caso de una guerra de guerrillas, lo más conveniente consistía en dividir al territorio en zonas y que las respectivas conducciones debían operar independientemente unas de otras.

Gracias a sus conocimientos, contactos, documentación militar y el uniforme que conservaba, Rufenach realizó una eficiente tarea de espionaje que tuvo matices casi folletinescos y le permitió obtener buena parte de las conclusiones y recomendaciones aportadas por sus ex camaradas de armas (Según Sacheri, Rufenach logra penetrar la seguridad militar y hasta participa de alguna de las reuniones con los militares franceses. Otras fuentes incontrastables amplían la información al señalar que en definitiva, fue el responsable de una importante operación de inteligencia a través de la conexión con Argelia y uno de los principales promotores de las actitudes de violencia que caracterizaron la trayectoria del MSTM)

Por la importancia del material obtenido, convocó de inmediato a una reunión de urgencia de la cúpula del PC con la que estaba conectado, de la que participaron Félix Granoschi, Alfredo Ferrarri, C. Danielle —secretario del PC de Villa Crespo, principal organizador de la campaña de “ayuda” a Cuba y agente de la Agencia de Informaciones checoslovaca (CTK)— Gerardo Hirschovits —Jefe de la división Delegaciones Extranjeras— “Chiche” Perelman (era amigo personal de Fidel Castro y ayudó a Rufenach a salir del país rumbo a La Habana cuando fue descubierto poco después; la huida se realizó vía México, donde Rufenach se reunió con los obispos progresistas Méndez de Arceo —quien había viajado subrepticiamente a la Argentina en tres oportunidades-- e Iván Illich. Luego siguió viaje a Cuba para pasar finalmente a Francia) y otros dirigentes menores que con visión de futuro, tomaron debida nota de lo conversado.

 

El movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo

 

“La lucha debe ser llevada hasta la aniquilación del enemigo”.

Del sacerdote Rubén Dri (revista “Enlace’)

 

La escasa difusión que tuvo el caso narrado, marcó la ausencia de prevenciones y el desconocimiento que existía durante esa época de los planes con que el mundo marxista enfrentaba a sus contrincantes occidentales. La guerra desde adentro, la penetración ideológica, la captación de distintos sectores de la sociedad como fórmula para debilitar a las organizaciones o entidades que se deseaba conquistar, eran factores prácticamente ignorados por las dirigencias sociales, políticas y religiosas. Estas negaban lo que no sabían y, consecuentemente, las primeras etapas del proyecto revolucionario avanzaron rápidamente y sin mayor oposición, junto con una propaganda inteligentemente montada. Ya en el terreno exclusivamente religioso, la posterior aparición de la revista “Cristianismo y Revolución”, que sería uno de los órganos más importantes e influyentes del pensamiento subversivo y del tercermundismo, en sus inicios pasó inadvertida para la mayoría de los argentinos, que todavía no creían en una perspectiva de violencia ideológica y militar.

Casi enseguida de la irrupción del Mensaje de los 18 obispos para el Tercer Mundo, sus efectos se extendieron en el mundo católico e impulsados por los medios más diversos se ampliaron hacia todos los ámbitos políticos, donde comenzó a insertarse un debate orientado tan eficientemente, que apuntaba a promocionar la interpretación de la realidad que hacía el tercermundismo. Una intensa campaña de explotación de resentimientos impulsaba las discusiones que llegaron a los colegios y prestigiosos centros educativos o de ayuda social que sostenía y dirigía el catolicismo. Los argumentos críticos cuestionaban con virulencia el estilo y las formas con que actuaba la Iglesia como institución y le objetaban la posesión de bienes de cualquier naturaleza. Las críticas crecieron hasta que comenzó a hablarse de “la Iglesia oficial”, en contraposición de una presunta “Iglesia de los pobres” o “Iglesia de los oprimidos”, considerada como la única válida y representativa de los principios cristianos, a los que se interpretaba de manera peculiar. Llegó a insinuarse claramente un principio cismático y aparecieron pequeños grupos de sacerdotes politizados que orientaron el activismo hacia el cuestionamiento doctrinario, aunque los responsables no lo reconocían como tal.

Esta eventual derivación divisionista del proceso no prosperó por la concurrencia de varios factores, entre los que podemos mencionar la tolerancia y elasticidad con que actuaron las jerarquías eclesiásticas. Con paciencia, superaron una confrontación abierta y actuaron de manera tal que el peligro cismático quedó aventado. Esto igualmente resultó favorecido por la misma minoría tercermundista, que tenía como principio hacer todo lo posible para permanecer dentro de la Iglesia, pues sabía que en eso consistía su fuerza. Mientras fueran los protagonistas principales del conflicto y pugnaran por mantenerlo vivo, mayor sería su capacidad política y de propaganda, aunque durante los momentos más virulentos solicitaron y fueron autorizados a cambiar de diócesis e instalarse en aquéllas donde la correspondiente jerarquía simpatizaba con el MSTM. La crisis reconocía manejos de fina diplomacia e inteligente política por parte de las autoridades eclesiásticas, aunque como contrapartida debiera pagarse el costo de numerosos fieles proyectados a posiciones de peligrosa radicalización.

Si bien existen algunos antecedentes referidos a la previa actuación de religiosos propulsores de las teorías de extrema izquierda —especialmente curas obreros franceses casi siempre vinculados con el Partido Comunista de su país-- en el nuestro uno de los primeros clérigos que puso en marcha el proceso de divulgación y de convocatoria tercermundista, fue el obispo de Goya, monseñor Alberto Devoto.

Apenas aparecida la declaración de los diez y ocho obispos, una cálida mañana de ese mes de septiembre de 1967, recibió en su amplio y sombreado despacho a un sacerdote que se había hecho conocer por sus ideas de avanzada y que por ese motivo vivía situaciones conflictivas que aún no se habían difundido lo suficiente dentro de la grey católica. Hacía poco había vuelto de un largo viaje por Francia y Argelia donde, como otros tercermundistas, tenía conexiones con el marxista Frente de Liberación Nacional desde la época en que estaba en plena rebelión contra París.

Se trataba de Miguel Ramondetti, quien había respondido de inmediato a la invitación formulada por Devoto para hacerle conocer el documento que, firmado hacia pocos días por los diez y ocho obispos, había recibido del brasileño Helder Cámara, obispo de Olinda y Recife. Este le solicitaba su opinión y que, si estaba de acuerdo, lo difundiera en la Argentina.

Ramondetti -ya estaba vinculado con el Partido Comunista Argentino- quedó muy impresionado por la nueva instancia que se le abría y de regreso a su parroquia se reunió con un grupo de religiosos, entre los que estaban Rodolfo Ricciardelli, Héctor Botán y Andrés Lanzón, quienes dieron todo su apoyo a la iniciativa. Seleccionaron a unos cincuenta sacerdotes con quienes estaban relacionados y de esa manera pusieron en movimiento al proceso más conflictivo que registra la historia del catolicismo argentino.

Los primeros resultados fueron parciales. Al cabo de la geométrica distribución del documento, obtuvieron la adhesión de doscientos setenta sacerdotes que quedaron a la espera del desarrollo de los acontecimientos.

De hecho, Ramondetti se convirtió en el primer referente del grupo así formado y se constituyó en el representante de un “Comité Organizador” en cuyo nombre, el 31 de diciembre del mismo año, envió una carta a monseñor Helder Cámara, congratulándolo por el proyecto y consignándole la adhesión de ese primer grupo de argentinos.

A partir de ese momento los sucesos adquirieron un ritmo vertiginoso. Durante los primeros meses de 1968 se multiplicaron las conexiones y entrevistas. Después de un Primer Encuentro Nacional realizado en mayo con la participación de veintiún delegados y adhesiones llegadas incluso desde Francia, Italia y Bélgica, en el mes de julio el número de tercermundistas alcanzó a cuatrocientos treinta y dos firmantes de una carta dirigida a los obispos latinoamericanos, que deliberaban en la ciudad colombiana de Medellín. Allí expresaban su esperanza de que la Segunda Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) no condenara la “violencia revolucionaria” sin haber considerado primero la “violencia originante”, conceptos con los que colocaban el eje de la disidencia en un plano estrictamente político e ideológico, directamente relacionado con los conflictos que surgían en ese campo, de los que comenzaban a formar parte gracias a estas definiciones. Así quedó concretado el primer planteo que protagonizó el MSTM, agrupamiento de clérigos más importante que registra la historia argentina y aglutinante importantísimo de las energías sociales preexistentes en nuestro clero.

Este lanzamiento a la acción pública trascendió inicialmente nuestras fronteras y fue el prolegómeno de una secuencia multiplicadora de hechos, caracterizados por el uso de un lenguaje y praxis agresivos—en oportunidades decididamente violentos— que sacudió a nuestra sociedad y alteró su imagen tradicional del sacerdote católico.

 

Contactos en Argelia

 

Pasaron años hasta que los marxistas comprendieron

que sería mejor para su revolución no tanto combatir

la religión como servirse de ella”

( Miguel Poradowskí. “La teología de la liberación”)

 

Si bien monseñor Devoto fue de los primeros miembros de la jerarquía en impulsar al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, uno de los principales artífices fue el mencionado padre Ramondetti, quien desde los inicios de la organización desempeñó el cargo de Responsable General o Secretario General.

Este sacerdote tuvo una intensa y profusa trayectoria, que lo llevó a ocupar las primeras filas de la conflictiva situación que se vivió durante esos años, cuando durante sus clases en el Seminario de Villa Devoto presentaba al comunismo corno “un paso obligado impuesto por el sentido de la historia” y proponía que se convocara a todos los soldados católicos para que desertaran de las filas de los ejércitos.

Gracias a Rufenach tenía contactos con el Frente Nacional de Liberación argelino y con organizaciones que directa o indirectamente expresaban a la izquierda más avanzada. En 1964 había viajado a Francia en “misión de estudio” pero su real cometido consistió en la apertura de conexiones con los conflictivos “curas obreros” que continuaban llegando a Buenos Aires y con representantes de las corrientes “progresistas” del catolicismo europeo.

Luego pasó a Argelia para participar de un congreso marxista y enseguida volvió a la Argentina donde recibió el llamado de monseñor Devoto. Además de los mencionados, entre sus amigos más cercanos se encontraban los padres García Morro y Ramón Dorrego, animador este último de la Acción Sindical Argentina, organización que fue copada por elementos tercermundistas. Otro sacerdote que se destacó en la tarea expansiva del MSTM fue Arturo Paoli, nacido en Italia  y doctor en filosofía. A igual que  Rufenach actuó en las filas del FLN argelino e ingresó a nuestro país casi simultáneamente con la mencionada primer misión militar francesa, para fundar en 1960 la “Ayuda Fraternal Fortín Olmos” que operaba en los quebrachales del norte santafecino. Se trataba de una obra humanitaria que al poco andar admitió la actividad de elementos comunistas y la consecuente difusión de propaganda.

Entre los miembros de la jerarquía eclesiástica de ese entonces, además de monseñor Devoto, adhirieron al tercermundismo el obispo de La Rioja, monseñor Enrique Angelelli, del Neuquén, monseñor Jaime de Nevares, de Roque Sáenz Peña (Chaco), monseñor Italo Severino Di Stéfano (Luego de conocer las intimidades del Movimiento y de malas experiencias con los agitadores de las Ligas Agrarias partidarios de reformas y políticas colectivistas, modificó drásticamente su posición.), de Quilmes, monseñor Jorge Novak y de San Luis, monseñor Carlos Maria Caferata. Monseñor Podestá demoraría las identificaciones formales y ya en 1965, previo a su viaje a Italia y a la Unión Soviética, no ocultaba su simpatía por aquellos que de él dependían y estaban embarcados en el nuevo proceso que se había puesto en marcha. Entre los que comenzaron a destacarse por su activismo ideológico tuvo un lugar relevante Rafael Yacuzzi, quien se desempeñó preferentemente en el norte del país y contó con la colaboración de un grupo que poco después pasaría a integrar Montoneros; también Antonio Puigjané (fue condenado por su participación en el ataque al Regimiento de La Tablada, realizado el 23 de enero de 1989 bajo la conducción de Enrique Haroldo Gorriarán Merlo y la participación de elementos pertenecientes al Movimiento Todos por la Patria ,MTP), Rubén Dri, Marcelo Laffague, Fabricio Sigampa, Arturo Pinto, Lucio Guzmán, Jorge Danielán, Andrés Lanzón (pertenecía al PCA), P. Tiscorma (actuaba en el Partido Comunista Revolucionario), Luis Ángel Farinello (se movía en el ámbito de las villas de emergencia a igual que Carlos Mugíca) y varias monjas que preferentemente pertenecían a la estructura educativa de la Iglesia, incluso los altos niveles de decisión.

        Un caso que causó especial impresión fue el de Alejandro Mayol, un sacerdote que a igual que Mugíca, provenía de los estratos sociales altos, con numerosos amigos logrados por sus dones de simpatía y reconocida inteligencia. Sus primeras manifestaciones a favor de cambios en los usos y costumbres de la Iglesia consistieron en utilizar la música popular —preferentemente mediante el uso de la guitarra— para establecer mejores y más firmes relaciones entre los jóvenes  de la grey católica y de esa manera comenzó a imponer canciones infantiles como expresión de culto. Lo hizo con cierto éxito que lo llevó a participar en programas televisivos. Su proceder, si no resistido, despertó aprensiones y originó los primeros debates sobre estos temas. En realidad algo muy de fondo sucedía dentro de la Iglesia y las guitarreadas no eran nada más que exteriorizaciones menores, casi accidentales. Pero no fue la actitud innovadora lo que provocó escándalo.

Las discusiones continuaron hasta que un día Mayol sostuvo que “el Dios arriba y afuera que sustenta la estructura preconciliar responde a un modelo imperialista... La Iglesia que se desprende de él conserva los modelos imperiales y por eso no sólo no coopera a la liberación sino que respalda el desorden establecido...

Comenzaba la etapa del relativismo, de la permisividad interpretada como una concesión a los cambios y por consiguiente, transformada en una concepción estructurada respecto del proceso que se vivía. Muchos sacerdotes dejarían los hábitos, la mayoría para iniciar experiencias matrimoniales. Cuando éstas fracasaban se las pasaba por alto, si se mantenían en el tiempo, se las sumaría a una propaganda que perdura.

 

“Mission de France”

 

Poco a poco empezaron a sucederse conflictos de toda clase. En los colegios católicos, rentados o parroquiales, donde el tercermundismo hizo pie, hubo monjas y religiosos que asumieron esa posición sin prudencia -más bien como un desafío- y en medio de sentimientos contrapuestos produjeron choques signados por un resentimiento que antes jamás se había manifestado. Las pautas de enseñanza sufrieron modificaciones gracias a un ideologismo caracterizado por severos cuestionamientos a las condiciones socio económicas a las que pertenecían los jóvenes alumnos o alumnas —casi siempre menores de edad— a quienes, según los casos, se les creaban complejos de culpa como un primer paso para la posterior conquista ideológica. Las distintas situaciones provocaron crisis tras crisis, enfrentamientos con los padres, de los alumnos entre sí y el panorama evidenció una firme tendencia hacia el caos.

        Por lo general la presencia tercermundista se ponía en movimiento con la aparición de asesores, sacerdotes o laicos estrechamente ligados al MSTM, quienes aportaban su cuota de argumentos y consejos que derivaban en una acentuación de la crisis que abarcaba  todo el espectro social, desde la alta o mediana burguesía católica—como ocurrió con los institutos de enseñanza— hasta los sectores más bajos donde comenzó a instrumentarse una actitud de rebeldía. Así, en comedores populares que solían administrar las parroquias y en grupos dedicados a colaborar de diversas maneras en barriadas pobres o en villas de emergencia, el problema surgió con igual o mayor virulencia. Se cuestionaba a quienes dirigían o trabajaban en esas obras de ayuda social y bajo la pátina del peronismo, que era mayoritario en esos sectores, se buscaba conquistar las voluntades para reorientarlas política e ideológicamente. En tal sentido, se actuó de acuerdo con los consejos de la citada revista Cristianismo y Revolución”. Consecuentemente, la misión consistía en destruir aquellas entidades u organizaciones que funcionaban en el campo social, cualquiera fuera su signo, o quebrar los vínculos con quienes las dirigían, desprestigiarlos y reemplazarlos con nuevos dirigentes que les respondieran. En síntesis, la alteración doctrinaria y una interpretación no religiosa de los documentos conciliares, produjeron desviaciones cuya proyección en los acontecimientos llevaron al disenso y la confrontación.

Siempre bajo el signo del “nuevo cristianismo” y de la “redención socialista”, lo mismo sucedía en el campo sindical, en las fábricas y comercios donde afloraron tensiones y conflictos que antes no existían o se encontraban en vías de solución. El objetivo de mínima era cuestionar a las conducciones gremiales que por lo general estaban enroladas en el peronismo ortodoxo, acusándolas de corruptelas y de connivencia con la patronal, lo que a veces no estaba alejado de la verdad; el de máxima, cambiarlas y conquistar la conducción del sindicato o crear uno nuevo que se ubicaría dentro de la flamante CGT de los Argentinos. De allí que donde no había conflicto se hacia indispensable crearlo, para contar con un instrumento de lucha que justificara la acción y permitiera avanzar política e ideológicamente. Por ejemplo, uno de los pioneros de la estrategia divisionista que comenzaba a dibujarse, fue el mencionado cura obrero Francisco Huidobro. quien en febrero de 1964 había ingresado a una fábrica de carteles acrílicos. Con el respaldo inicial de los directores que miraban con simpatía la presencia de un sacerdote católico. formó el sindicato de fábrica Y poco a poco logró ascender como dirigente principal. Alcanzada esa meta. convenció a los obreros que se organizaran para provocar una serie escalonada de reclamos cada vez más difíciles o imposibles de satisfacer, que alcanzaron una gran resonancia, hasta culminar con la convocatoria a una huelga cuyas alternativas se divulgaron convenientemente. La situación fue grave e inesperada para el gobierno radical de Arturo Illia y se extendió a partir de una declaración producida por  catorce sacerdotes que demostraron que el movimiento francés de curas obreros llamado “Mission de France” comenzaba a tener presencia en el país. Con el correr del tiempo, los nombres de varios de ellos y de otros que surgirían en el transcurso de los meses se repetirían en diversos comunicados, declaraciones o cartas que aparecerían como una expresión más avanzada del nuevo problema ideológico que quedaba abierto. Más concretamente, la antesala de nuestra Guerra Revolucionaria. Estos sacerdotes eran: Santiago O’Farrel, Domingo Bresci, Alejandro Mayol. Eliseo Morales, Jorge Giordano Rodolfo Ricciardelli, Andrés Lanzón, Luis Sánchez. Julio Iocco, Luciano Glavina, Francisco Diana, Arturo Ferré Gadea, Carlos Mugica y Juan Marcelo Soler.

 

“Cristianismo y Revolución”

 

Para impulsarla, el proyecto subversivo contó con una publicación que jugo un papel de tanta importancia como parte activa del proyecto revolucionado que a lo largo de este libro recurrimos a su mención en varias oportunidades. Se trataba de la ya mencionada revista “Cristianismo y Revolución”, cuya misión principal consistió en consignar noticias orientadas a destacar la actividad subversiva en el continente y de manera muy particular, en la Argentina.

Era una fórmula para la propaganda y con ese enfoque su contenido politizó el tema religioso para alentar la disidencia católica. Hablaba de doctrina y recopilaba antecedentes para explicar y fundamentar la rebelión del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, pero igualmente sirvió para interrelacionar a las distintas organizaciones guerrilleras y afirmarlas intelectualmente en el marxismo-leninismo. Ponderaba actitudes que quedaban señaladas como ejemplos revolucionarios, promocionaba a determinadas figuras y acercaba las acciones subversivas de otras partes del mundo para universal izar la imagen de la insurgencia a la que presentaba como un camino imparable, irreversible y victorioso. Esto también formaba parte de la propaganda. Finalmente, bajo la forma de simples y escuetas noticias, publicaba instrucciones especiales destinadas a la parte operacional de las diferentes bandas. Su director fue Juan García Elorrio, un ex seminarista católico que pertenecía a los niveles altos de la sociedad argentina quien junto con su segunda mujer, Casiana Ahumada, cumplió con eficiencia el objetivo revolucionario que se habían propuesto.

García Elorrio ya estaba vinculado con las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y había organizado el Comando Camilo Torres, cuando entre los meses de julio y agosto de 1967 participó en la deliberaciones que en La Habana desarrolló la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), creada dentro del marco de la Tricontinental y destinada a canalizar la acción revolucionaria en todo el continente. En esa oportunidad nació Cristianismo y Revolución en cuyo ejemplar del 13 de abril de 1969 escribió a propósito de su identificación con la corriente llamada Peronismo Revolucionario, que “lo fundamental es dar al Movimiento los elementos teórico-prácticos que. mediante el desarrollo de la violencia revolucionaria. nos conduzcan a la toma del poder’.

En el mismo número apareció una carta elaborada por un sector del alumnado del colegio Cristo Rey dirigida a sus autoridades, titulada “La verdad revolucionaria”, en la que se comentaba el hecho que “Arturo Ferré Gadea, —ex profesor del colegio- compañero del Destacamento Guerrillero 17 de octubre, está preso en la Cárcel de La Plata”. El comentario estaba referido a la detención del mencionado ex sacerdote católico, caído preso con otros trece guerrilleros en la localidad tucumana de Taco Ralo, donde habían instalado un campamento subversivo al estilo de las recomendaciones de Guevara. La carta dejaba de lado esta información y presentaba a Ferré Gadea como una víctima de la represión y del sistema.

Más adelante, la revista censuró con severidad un acuerdo firmado entre el Vaticano y el Banco Interamericano de Desarrollo con lo que dejó sentada una posición de rebeldía contra el Papa para pasar luego a ponderar el caso reciente de la rebelión de los sacerdotes peruanos de Trujillo que levantan el nombre y las ideas de Camilo Torres como bandera de su enfrentamiento y su definición”.

La elaboración periodística de los temas entrelazaba inteligentemente las ideas revolucionarias con el factor religioso y el político. A medida que aparecían nuevos números se profundizaba el tema de la violencia, a la que se justificaba como el único camino posible que incluía la desaparición física del enemigo, para alcanzar “la liberación definitiva de los pueblos”. “Cristianismo y Revoluciónno dejaba espacio alguno para el debate y cada uno de los temas que abordaba estaba elaborado como una verdadera acción psicológica que convocaba -abierta y expresamente— a la lucha mediante el uso de las armas. En otro pasaje y bajo  el titulo ‘Sacerdotes para el Tercer Mundo”, ‘C y R” dijo que este Movimiento ha de extremar todas las medidas para no ser excluido de la Iglesia estructural, aunque esto no deberá aceptarse nunca al precio de una traición al proceso revolucionario”. Casi con las mismas palabras se repetía una de las tantas recomendaciones surgidas de los encuentros nacionales que realizaba el MSTM.

En otra edición la revista explicaba cómo deberían ser concientizados " los sectores obreros y estudiantiles”, y en la que lleva el número 30 de septiembre dc 1971, apareció un importante grabado que representaba un brazo en alto que sostenía un fusil, mientras como fondo del primer plano se levantaba una cruz. El slogan que sostenía que "Cristo fue el primer comunista en la historia de La humanidad” se repitió cuantas veces se pudo, y respondió a la estrategia pergeñada por especialistas ubicados en países europeos.

La propuesta para la formación de un socialismo nacional fue recurrente. Puesta en boca del sacerdote Rubén Dri, señalaba que era el camino político por el que “se acerca La hora de La Liberación."  En una llamativa nota cuyo titulo “Misa para militares” firmó el obispo de Goya, monseñor Devoto, sirvió para que éste justificara su prohibición de realizar Misas de Campaña para celebrar El día de La bandera y en otros artículos se censuraba a las distintas jerarquías católicas, en especial al cardenal Primatesta quien a la sazón -1971- era arzobispo de Córdoba.

 

 Cronología de los hechos principales

 

“No nos quedan argumentos para la paciencia...

“La revolución latinoamericana marcha inexorablemente.”

Editorial de la revista Enlace. (22,1)

 

El carácter conflictivo del MSTM creció con el correr de los meses y si bien algunos de sus representantes negaban la pertenencia al marxismo, lo cierto fue que la crisis que protagonizaban tenía de manera indeleble ese sello ideológico del que no podrían apartarse. Algunos sacerdotes como Milán Viscovich -también se había formado en la universidad belga de Lovaina— tuvieron una posición aparentemente dual, pues en tanto criticaban con severidad al capitalismo abogaban por no ser  confundid con el marxismo, aunque en los hechos convalidaban esa ideología.

Viscovich llegó a relacionarse con la CGTA de Ongaro, participó activamente del Cordobazo y se vinculó con buena parte de la dirigencia del Partido Comunista de esa provincia, entre ellos Gustavo Roca, el amigo de Guevara al que recurrió Fidel Castro para invitar a Perón a lanzar juntos un movimiento político latinoamericano.

 El MSTM montó una estructura mínima y flexible: con un responsable general, un secretariado, coordinadores y delegados o responsables.

Ramondetti fue responsable o secretario general entre 1968 y 1973 y el secretariado fue ocupado por los sacerdotes H. Botán, R. Ricciardelli y J. Vernazza -hasta 1972- y luego por Aguirre, Bünting y Serra. El 15 de septiembre de 1968 —cuando se establecieron seis regionales en todo el país que al año siguiente crecieron a ocho-- apareció el primer ejemplar de la revista Enlace—”Boletín de los Sacerdotes del Tercer Mundo”- del que se editaron veintiocho números; el último apareció en junio de 1973. Sus directores fueron Alberto Carbone, el sacerdote que quedó involucrado en el asesinato del general Aramburu, y luego el propio Ramondetti quien finalmente, puesto en la disyuntiva de sufrir severas sanciones, optó por permanecer en el seno de la Iglesia y salir del país rumbo a Europa.

Tras producir numerosas declaraciones, en diciembre de 1968 el MSTM organizó un plantón frente a la Casa Rosada para entregarle un documento al presidente Onganía. suceso que fue el anticipo de otros similares, motivados en la negativa a celebrar la liturgia de Navidad. En marzo dc 1969 se hizo pública una carta que Perón les envió desde Madrid para felicitarlos por la línea adoptada. Ya con ochenta participantes realizaron entre el l y el 3 de mayo. en la localidad cordobesa de Colonia Caroya. el Segundo Encuentro Nacional que sobre el filo del Cordobazo. concluyó con un documento en el que analizaron con severo sentido crítico la situación social en distintas provincias, pero básicamente fue un pronunciamiento que sostuvo el formal rechazo al sistema capitalista vigente y la búsqueda dc un socialismo latinoamericano. lo cual implica una adhesión al proceso revolucionario”. La definición. fue taxativa y sin eufemismos, a igual que las propuestas elaboradas por las mesa s de trabajo que coincidieron en que ‘no se vislumbra una salida verdadera y eficaz que no apele a la lucha armada del pueblo por su total liberación y por la instauración de un auténtico socialismo”. Con relación a las reiteradas  recomendaciones para extremar las medidas tendientes a evitar la expulsión del seno de la Iglesia, el documento agregaba que harían todo lo posible para que, de hecho, la división u oposición no pase entre Movimiento y Jerarquía sino entre una parte de la Jerarquía que comprende y vive el proceso, estando de parte del pueblo y otra que, por no comprenderlo, está de hecho contra el pueblo”.

Dueños de la verdad, los tercermundistas preparaban a toda costa una lucha sustentada exclusivamente en el aspecto ideológico y político. Aquellos católicos que no estuvieran de acuerdo, debían marginarse y considerarse enemigos.

El Tercer Encuentro Nacional se realizó en Santa Fe a comienzos de mayo de 1970, contó con la participación de ciento diecisiete delegados y elaboró una declaración similar en la que adherían al peronismo y, recurrentes, al proceso revolucionario... haciendo opción por un socialismo latinoamericano que implique necesariamente la socialización de los medios de producción, del poder económico y político y de la cultura”. Ya con ciento cincuenta y siete participantes. el Cuarto deliberó en julio de 1971 en la localidad cordobesa de San Antonio de Arredondo; el Quinto Encuentro tuvo lugar allí mismo, a mediados de agosto del año siguiente —reiteró la eliminación de toda forma de propiedad privada en los medios de producción...”- e igualmente, en agosto de 1973, se organizó el Sexto Encuentro, que fracasó estrepitosamente por serias disidencias internas que nunca llegaron a superarse. Existían profundas divergencias en la identificación con el peronismo como vía revolucionaria latinoamericana y lo mismo sucedía respecto de cuál debía ser el rol que, en definitiva, debía asignarse a la guerrilla. Finalmente otro sector, en coincidencia con el correspondiente requisito eclesiástico, no aceptaba la participación de sacerdotes casados.

El controvertido Carlos Mugica —cuyo posterior asesinato nunca quedó totalmente esclarecido — ya se había subordinado a la conducción política de Perón y consecuentemente comenzó a tener enfrentamientos con los Montoneros, a los que les cuestionaba la oportunidad de una escalada de violencia que el MSTM alentaba desde siete años atrás. Su posición resultaba tardía para rectificar el curso de los acontecimientos, e inaceptable para muchos que lo habían seguido en su prédica. Empero. para ese entonces algunas figuras que habían respaldado actitudes de rebeldía o que contribuyeron a fomentar, comenzaron a preocuparse seriamente. En algunos casos porque comprendían que quedaban incursos en las normas que regían para el delito común; en otros, porque el descontrol que había generado la violencia los soslayaba de la toma de decisiones que se adoptaban en otros niveles. Finalmente, estaban aquellos que frente a la profundidad en que se había hundido el problema, entendían que los márgenes políticos se angostaban día a día y que no existían soluciones posibles si se perseveraba en ese camino que conducía hacia un final inevitable. Tan importante fue el surgimiento de esta crisis dentro del campo de la izquierda, que poco antes del trágico suceso que terminaría con su vida, la revista Militancia que representaba al peronismo revolucionario y dirigían los abogados Rodolfo Ortega Peña y Eduardo Luis Duhalde, ubicó a Mugíca dentro de la Cárcel del Pueblo, una columna periodística cuyo título era algo más que una metáfora, en la que en cada número se mencionaban a quienes se consideraba enemigos del pueblo y por ende, merecían el consabido castigo. Luego llegó la metralla, la muerte y con ella los rumores y una incógnita jamás develada.

Comienzan las denuncias y resistencias

 

 El desarrollo del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM) tuvo muros de contención en aquellos sacerdotes que no aceptaron la propuesta socializante. Una sucesión de declaraciones surgió desde el seno mismo de la opinión pública a través de artículos y declaraciones de analistas, estudiosos y pensadores católicos que se lanzaron a cuestionar las falencias doctrinarias de los rebeldes, sus conexiones marxistas, las presiones que ejercían sobre quienes no coincidían con su actitud y finalmente, su nunca disimulada convocatoria a la violencia.

Entre esos trabajos merece destacarse el que con la firma de Carlos Alberto Sacheri se publicó en los diarios de mayo de 19694. El autor se dirigió a las jerarquías “para solicitarles que intervengan con voz clara y decidida para poner fin a una situación que, de continuar como hasta el presente, puede provocar gravísimas consecuencias para la Iglesia y para el país entero”. Más adelante desmenuzó detalladamente la evolución del problema, al que relacionó directamente con la formación de las guerrillas y el cometido de actos de terrorismo con la mención de los principales y finalmente, tras reconocer los esfuerzos del Episcopado para revertir el proceso, abogó para el firme ejercicio de la autoridad eclesiástica.

       Pocos días después —en el número 91 del mes de julio— la revista católica Verbo se refirió al mismo artículo e hizo una reseña de las   primeras y más importantes manifestaciones colectivas organizadas por la extrema izquierda. Entre ellas se refirió a las situaciones de rebeldía registrada entre los estudiantes de Corrientes, Resistencia, Rosario, Tucumán y Córdoba que fueron los prolegómenos del Cordobazo y de otros graves sucesos posteriores donde intervinieron sacerdotes tercermundistas. Verbo señaló que “Ante este clima de desorden —inusitado, pero no imprevisible— lo natural y deseable era un llamado general a la sensatez y una información objetiva y precisa respecto del desarrollo de los hechos.” Nada de esto sucedió. Todo el periodismo, sin discriminación de matices, actuó con una unanimidad técnicamente admirable, en dos sentidos muy precisos: 1) Acentuar sistemáticamente todo lo que pudiera haber de negativo, de ingenuo o de ineficaz por parte de las autoridades, exaltando a todo elemento que pudiera revestir el carácter de “víctima” de la acción (o inacción) oficial; 2) ocultar sistemáticamente todo detalle informativo que hiciera entrever la orquestación de los operativos y, en consecuencia, la finalidad revolucionaria de todo el proceso.

Enseguida, la publicación católica añadía que “tampoco abundaron los llamados a la sensatez y a la comprensión recíproca de los intereses en juego. Lo más lamentable de todo fue la actitud de ciertos sectores del clero, tanto secular como regular, que desde un principio se embarcaron en el juego dialéctico de “buenos” contra “malos”, “víctimas” contra “culpables”, etcétera. La difusión de “ollas populares” en algunas parroquias, el mensaje de violencia asignado públicamente a un buen número de las misas celebradas... los comunicados de prensa de ciertos Consejos de Acción Católica avalando a los estudiantes revoltosos como “víctimas” de un sistema injusto, constituyeron otras tantas pruebas de la profunda contaminación de los ambientes católicos por una mentalidad subversiva, que no por difusa es menos eficaz o peligrosa. Luego la revista habló de los ataques contra un sermón del padre Ismael Quiles en la Universidad del Salvador y de las exigencias de solidaridad que planteaban los sacerdotes del MSTM y finalmente, expresó: “Por el contrario, creemos que por primera vez en la historia de la Iglesia Argentina, el marxismo ha logrado instrumentar en forma pública y eficaz a grupos relativamente importantes de clérigos y laicos en un operativo de gran magnitud y de objetivos claramente revolucionarios”.

      Por su parte, el 15 de julio del mismo año, el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Juan Carlos Aramburu produjo una exhortación con motivo del documento tercermundista de Colonia Caroya. en la que sostuvo que “sería pedagógica y pastoralmente nocivo y además  antievangélico tratar de crear sistemáticamente en el pueblo una conciencia de desesperación, o hacerle perder toda esperanza en las soluciones de sus problemas. Sembrando desesperación no pueden recogerse sino frutos funestos”. Agregó enseguida que “hacer la apología de la violencia presentando la lucha armada como salida verdadera y eficaz para la solución de los problemas sociales, estaría no sólo contra la Declaración del Episcopado. Argentino de San Miguel y las conclusiones de Medellín, sino también contra las orientaciones del Concilio Vaticano II y las mismas enseñanzas del Papa, que dice de la violencia que “no es ni cristiana ni evangélica” (Pablo VI, Bogotá 2-3-68). Para un mayor esclarecimiento doctrinal, Aramburu acotó que “no se podría propiciar como reacción a los vicios del capitalismo liberal la implantación lisa y llana del socialismo. La “socialización” de la que habla el Concilio (Iglesia y Mundo) no es socialismo colectivista y totalitario y menos marxismo.

En julio de 1970 algo más de seiscientos sacerdotes argentinos de distintas jerarquías y muchos de ellos de especial prestigio intelectual, emitieron un comunicado que en los hechos fue una respuesta directa a uno anterior emitido por el MSTM que relativizó el asesinato del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu. Sin dudarlo, los seiscientos firmantes calificaron a este suceso que inauguró las actividades de los Montoneros, de “crimen abominable” y agregaron que cuando el coro de repulsas absolutas es prácticamente unánime en nuestra desintegrada Argentina, sólo un sector silencia su voz o es representado por expresiones que disuenan y hieren la conciencia nacional. Porque van ellas desde la condena en sí pero suave, retaceada y matizada, hasta las explicaciones insensatas y las defensas personales. más o menos abiertas, y hasta la apología misma del crimen”.

El extenso documento señaló directamente al tercermundismo como “empeñado en cambiar la imagen de la Iglesia, del Cristianismo y aún del mismo Cristo”, colocándose... “al servicio del marxismo y acotó que los tercermundistas “odian y difaman a las potencias occidentales, ensalzan a La Habana, Pekín y Moscú, y admiran a Marx, Lenín, Mao, el Che, Fidel Castro, Camilo Torres...” No hubo lugar para las dudas, definieron al MSTM como una “enfermedad” y dejaron “constancia de que hubiéramos deseado no tener que hablar mal de nadie, ni siquiera innominadamente. Pero la necesidad tiene cara de hereje: aquí está en juego la vida eterna de muchos hombres a nosotros confiados y la subsistencia moral de nuestra Patria”. Categórico, el rechazo al tercermundismo se extendía por todos los ámbitos y dentro de la Iglesia las jerarquizadas reacciones y la posterior aparición de este documento, marcaron una etapa importante en el desarrollo del conflicto que todavía no empezaba a resquebrajarse. Las tensiones se agudizaban y algo más de un año más tarde —abril de 1971— monseñor Aramburu inició en Buenos Aires seis jornadas de debates para discutir y analizar las ideas del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. La discusión, realizada en la Arquidiócesis de Buenos Aires, fue una iniciativa abierta que tuvo la finalidad de permitir un amplio intercambio de ideas acerca de lo que ocurría y abrió la posibilidad a los rebeldes para exponer con claridad y en un ámbito sereno, los puntos de vista que los animaban.

Como fiscales actuaron los sacerdotes Meinvielle y Castellani y como defensor de los tercermundistas actuó el ya mencionado padre Vernazza.

 

El desgaste y la crisis

 

El 5 de septiembre de 1970 otro grupo de doscientos sacerdotes produjo una nueva declaración contraria al Movimiento cuyos ar­gumentos convocantes parecían agotarse. Sin embargo, el discurso tercermundista crecía con virulencia en las publicaciones que le respondían y entre los jóvenes convencidos de que la violencia era el camino del futuro. En sus publicaciones se hacían referencias a la que denominaban “la nueva iglesia” y el nombre de Camilo Torres —para esa época más que el del Che Guevara— formaba parte de la intensa propaganda. La Iglesia manejaba sus propios tiempos para iniciar el proceso correctivo, pero figuras importantes del catolicismo como el ya mencionado Sacheri, Alberto Caturrelli y los padres Julio Meinvielle y Leonardo Castellani entre otras, dictaban conferencias y publicaban artículos donde denunciaban el contenido político, ideológico y apóstata del tercermundismo. La atmósfera era de debates y confrontaciones, con un trasfondo dado por la presencia activa de la guerrilla y las perspectivas de que pudiera acceder al poder. Así se llegaría a los finales del importante año 1972, cuando la subversión se extendía y producía sucesos impactantes. En diciembre de ese año, los tercermundistas dieron un paso importante a favor de su politización partidaria, cuando unos cincuenta sacerdotes del Movimiento fueron expresamente invitados por Perón a su residencia de la calle Gaspar Campos, poco antes de su regreso a España. El suceso tuvo gran repercusión, significó un espaldarazo político de envergadura y en cierta medida marcó el período cumbre del MSTM pero también cl inicio, poco después, de la crisis que comenzaría a carcomerlo. En marzo del año siguiente ingresaría en el camino del desgaste y de los graves choques que enfrentaría a unos contra otros.

Ya en las vísperas del año electoral previsto por el plan político elaborado por el gobierno militar, los tercermundistas se jugarían abiertamente por una definición que tampoco, en ese caso, tomó en cuenta la posición de las jerarquías y expresó una firme tendencia a manejarse con independencia de criterio frente a los temas más importantes. El 29 de ese mismo mes, el MSTM realizó un acto litúrgico y francamente político frente a la cárcel de Villa Devoto anunciando la “pronta liberación de los cautivos”.

La situación comenzó a desenvolverse en un clima tenso que, lejos de unificar las filas del MSTM, contribuyó a su deterioro, a generar líneas internas qué no se ponían de acuerdo ni en los aspectos doctrinarios ni en los definitivos caminos políticos que debían seguir. En buena medida, poco a poco se instaló entre los rebeldes la idea de que podían caminar hacía un cisma que los separarla definitivamente de Roma. Como lo explicamos, la mayoría no lo deseaba y cuando convergieron las disidencias internas e Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo cayó en un proceso exógeno cuyos dirigentes no pudieron controlar. En 1973, inmediatamente después que Cámpora asumiera la presidencia, se acentuó e1 compromiso político cuando varios sacerdotes aceptaron cargos ejecutivos en el gobierno nacional y provinciales. Lejos de marcar una orientación definitiva para el MSTM, esta circunstancia dinamizó la crisis y precipitó las divergencias ocurridas durante el Sexto Encuentro Nacional que ya señalamos. El Movimiento continuaría pero había encontrado su propio límite. Ya no era el de antes. En marzo de 1974, cuando, fue intervenida la provincia de Córdoba transformada en el centro de la actividad política de la extrema izquierda, varios sacerdotes que rabian colaborado activamente con el gobierno provincial optaron por salir del país. Otros siguieron sus pasos y días más tarde, en un cambio de posición que buscaba recuperar la anterior buena relación con Perón —ya instalado nuevamente en la presidencia de la república— el MSTM emitió una declaración de neto apoyo a la nueva instancia política. Ya era tarde. El margen de maniobra estaba agotado y como clara expresión de las divisiones que se producían en cascada, en 1975 se impidió que, a instancias de los más radicalizados, prosperara un juicio crítico sobre la situación política y económica cuyo contenido debía ser absolutamente contrario a la ortodoxia peronista. Durante enero y febrero del año siguiente cayeron muertos diez de sus militantes, seis desaparecieron y cuarenta y siete optaron por salir del país. Acompañado del secretario del Nuncio Apostólico, Ramondetti lo haría el 10 de agosto de 1377.

 

Breve radiografía numérica

 

Sobre un total de casi seis mil sacerdotes que integraban el clero argentino, sólo unos quinientos veinticinco —el 9%— había ingresado, militaba o se identificaba con el MSTM. La mayoría pertenecía a las diócesis de Santa Fe, Mendoza, Córdoba y Tucumán. Profundizado el conflicto interno muchos optaron por mantenerse dentro de la Iglesia, en tanto otros —ciento setenta y cuatro que constituían alrededor del 33 % de los simpatizantes— abandonaron los hábitos. Analizada la situación en las principales diócesis, los resultados sobre el porcentaje de tercermundistas que pasaron al estado laical, fueron los siguientes: Rosario, 48%; Tucumán, 67%; Mendoza, 59%, San Juan, 45% y Córdoba, el 50%.

Si bien la cronología de los acontecimientos que los tuvo como responsables oscila entre declaraciones, manifiestos, censuras o rechazos a las jerarquías de la Iglesia, concentraciones, severos cuestionamientos a los sacerdotes que no compartían sus ideas o métodos y participación en sucesos guerrilleros, una de las circunstancias más grave y profunda de esos años estuvo dada por un verdadero estado de insubordinación. Los tercermundistas no tuvieron limites para oponerse a las jerarquías, incurrieron en un apartamiento de la doctrina y adoptaron definiciones políticas y militancias partidistas como la que los llevó a la identificación con la corriente revolucionaria del peronismo. Se llamaron a sí mismos peronistas, esgrimían la referida carta que les envió Perón y tuvieron actitudes de una agresividad insospechable que llegaron a animar expresamente a la lucha armada. En aquellas diócesis o parroquias donde sin ser mayoría adquirieron presencia, ejercieron posiciones dominantes que alteraron y quebraron las normas más elementales de convivencia. Sacerdotes cuestionados por sacerdotes se vieron forzados a solicitar su traslado hacia otros destinos para poder cumplir con su tarea pastoral. Se había desatado un verdadero estado de confrontación donde se buscaba el bullicio y el desorden para crecer, algunas veces sin tener conciencia real de lo que protagonizaban.

En coincidencia con este estado de cosas, quienes pasaron a la corriente tercermundista tendieron a agruparse y de esa manera, sintomáticamente, las diócesis de Goya (Corrientes), Neuquén y La Rioja, cuyos obispos eran, respectivamente, los monseñores Devoto, Jaime de Nevares y Enrique Angelelli, fueron las que recibieron la mayor cantidad de religiosos revolucionarios. De esa manera, se crearon verdaderos polos de irradiación ideológica y activismo político, aunque para los conocedores del problema, ese traspaso y agrupamiento contenía el germen del futuro resquebrajamiento y fue una señal inequívoca de las resistencias que crecían. No se aceptaban ni las presiones. ni su contenido, ni el estilo agresivo que los caracterizaba.

 

¿Nuevas teologías...?

 

“La verdadera crítica a esta clase de teología ... (de la liberación)..,

es por su irracionalismo filosófico que despliega fuerzas religiosas

como justificación de lo irracional... lo cual hace que se vuelva totalitaria”.

Cardenal Joseph Ratzinger.

 

Según un estudio realizado por el padre Miguel Poradowski, el origen de las llamadas “teologías de la liberación” debe rastrearse en los inicios del Concilio Vaticano II, a partir de una serie de reuniones internacionales como la Conferencia del Consejo Mundial de Iglesias, realizada en Ginebra en 1966 y de múltiples “diálogos entre cristianos y marxistas". Se trataba de una propuesta que buscaba imponer un mecanismo para ablandar las profundas diferencias que separaban a unos y a otros. pero que en definitiva servía para facilitar la penetración ideológica en la Iglesia. Para poder avanzar con esta táctica se hacia una interpretación heterodoxa —no teológica— del Concilio Vaticano II y se partía del convencimiento psicológico que se deseaba imponer, en el sentido de que frente a la inevitabilidad de la vigencia progresiva del marxismo, se hacia indispensable entender esa realidad mediante un intercambio fluido entre representantes de las dos posiciones. La consecuencia fue un alejamiento progresivo de los principios cristianos por parte de quienes intervenían en representación de estos últimos y pese a las severas advertencias del Papa Paulo VI. fueron la avanzada de los problemas posteriores que afectaron a la Iglesia.

Seis años después. concluidas las deliberaciones del Congreso Episcopal Latinoamericano (CELAM) que se realizaron en la ciudad colombiana de Medellín a fines de 1968. comenzaron a tomar forma las llamada. Teologías Latinoamericanas de Liberación. Para entonces ya se bebía lanzado el Movimiento dc Sacerdotes para el Tercer Mundo cuyos miembros, come hemos visto, deseaban permanecer dentro del seno de la Iglesia “pero sin traicionar los principios y los fines revolucionarios". La estrategia consistía en operar dentro del ámbito eclesiástico hasta donde fuera posible, establecer allí un espacio que les permitiera afirmarse y obtener el mayor número de adherentes, para luego crecer.

La maniobra giraba alrededor de la cuestión doctrinaria, pues mientras la teología tradicional se nutre en una concepción teocéntrica —es decir, centrada en Dios— la segunda es antropocéntrica y tiene exclusivamente al hombre como objeto del amor divino. De allí que la “teología de la liberación” se adaptara a la lucha ideológica y la consecuente actividad política, confundiendo teología con sociología, asignándole prioridad a la sociedad antes que al hombre. De acuerdo con Poradowski, mientras la teología fue teocéntrica, el marxismo no pudo infiltrarla; podía solamente combatirla. Desde el momento en que se ha transformado en antropocéntrica y, especialmente cuando se considera a la Iglesia a partir de categorías sociológicas, el marxismo tiene el camino abierto para infiltrarla y dominarla. El mismo autor sostiene que la oportunidad para la infiltración marxista en la teología católica llegó durante el Concilio Vaticano II, cuando se empezó a tolerar en su seno la así llamada “nueva teología”. El espíritu ecuménico —agrega— fue una ayuda muy grande a favor del marxismo, por los contactos entre las teologías católica y protestante, muy penetrada la última por esa ideología marxista.

Aunque se trate de una etapa posterior al periodo que nos ocupa, debemos señalar que el problema surgido durante los años sesenta, pese a su declinación y a la expresa condena papal, no impidió que se continuara —ya en otros términos— con la mencionada “teología de la liberación” cuyos principales mentores se encontraban —otra vez— en el Brasil desde donde la proyectaban hacia el mundo y en particular hacia Latinoamérica. Sinópticamente, sostenía que la Iglesia. como institución fundada por Cristo para liberar al hombre, debería no solamente apoyar la revolución del marxismo-leninismo sino, incluso, identificarse con ella. En síntesis, se trata de una liberación social, económica y política.

La acción de los grupos rebeldes o simplemente críticos, hizo que desde todos los rincones de la Iglesia surgieran sectores que enfrentaron intelectualmente una situación de connotaciones complejas y dinámicas, donde lo doctrinal se mezclaba con lo político. La profundidad de esta reacción hizo que oficialmente, a través de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, se produjeran documentos como el que en 1986 —ya superado el momento más grave de la crisis— se denominó Instrucción sobre libertad cristiana y liberación. A comienzos de junio de ese año, al referirse a su próxima aparición, el jesuita Juan Carlos Scannone ratificó que se precisaría el concepto de libertad cristiana, diferenciándolo del que simplemente se expresaba a través del remanido vocablo liberación.

Muchos fueron los autores que promocionaron la condenada dialéctica “liberadora” y lo hicieron desde una tímida insinuación a favor del marxismo hasta una identificación plena con sus principios y propuestas. Al promediar la conflictiva década de los años setenta el alemán Hans Küng inició un progresivo cuestionamiento de Infabilidad papal y el francés Jacques Gaillot, obispo de Evreux. encabezó un profundo proceso de crítica integral y severa de la Iglesia y llegó a publicar un libro titulado Una Iglesia que no sirve, no sirve para nada. Desde San Pablo, Brasil, uno de los principales propulsores de la “teología de la liberación” fue cl sacerdote franciscano Leonardo Boff, quien luego de un prolongado enfrentamiento con el Vaticano y tras ser sancionado por éste, decidió pasar al estado laical el 29 de junio de 1992 para dedicarse a la defensa de la ecología.

Entre sus defensores estuvieron los cardenales brasileños Paulo Evaristo Arns —arzobispo de San Pablo— y Aloisio Lorscheider. Vinculado con aquél y con el propio Boff, el dominico Carlos Alberto Libánico —amigo y biógrafo de Fidel Castro, a quien visitó en Cuba-- responde al alias de Frei Betto con el que es ampliamente conocido, y que utiliza para su apasionada defensa de la ‘teología de la liberación’. Lo hace durante sus sermones, pero especialmente desde las páginas de la revista “América Libre”, constituida en el órgano de prensa del llamado Foro de San Pablo. Este consiste en una estructura formada en 1990 -después de la caída del Muro de Berlín y de la implosión de la Unión Soviética- con los auspicios del Partido Comunista de Cuba, como una continuación de la Tricontinental y de la OLAS. Entre sus objetivos está la coordinación de las acciones continentales de la extrema izquierda y evitar que ésta se disperse, nutriéndola de nuevos elementos de juicio, argumentos y fines. El Foro de San Pablo se compone de los siguientes miembros:  Movimiento Todos por la Patria (MTP) (Argentina). Frente Amplio (FA) (Uruguay). Partido de los Trabajadores (PT) y Movimiento de los Sin Tierra (MST) (Brasil). Movimiento Bolivia Libre (MBL), Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) (Perú), Partido Socialista Chileno (PSCH), Partido de la Revolución Democrática (PRD) (México), relacionado con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN). Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) (El Salvador). Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) (Nicaragua), Partido Lavalas (Haití). Causa Radical (CR) (Venezuela). Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Coordinadora Nacional Guerrillera (CNG), M 19 y Ejército de Liberación Nacional (ELN) (Colombia) y Partido Comunista Cubano. (Fuente: Resumen Ejecutivo (EIR). 2ª quincena marzo 1995. Págs. 32.33 y 34). Entre sus principales argumentos promotores. se reconoce fácilmente la politización del ecologismo y del indigenismo. Reclama territorios para determinadas minorías. promueve subdivisiones geográficas por encima de las fronteras y defiende el concepto de las soberanías elásticas Recibe adhesiones de grupos narcoguerrilleros y en el Brasil respalda al Movimiento de Los Sin tierra (MST).

“América Libre” realiza reportajes a los representantes de esa corriente ideológica y entre ellos, a los líderes de las guerrillas colombianas, especialmente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia  (FARC), y a través de diversos autores —entre ellos comunistas argentinos— propone “Construir un nuevo enfoque popular sobre el poder” y la “Recreación del proyecto revolucionario y socialista”; instruye sobre “Nuevas formas de lucha”, invoca sobre la siembra en Colombia de “sueños y esperanzas a golpe de fusil”, explica la “Creatividad artística y el proceso liberador” o lo que sucede en la ‘Argentina y los derechos humanos”, defiende y justifica la falta de democracia en Cuba e impulsa las ponencias que son elevadas al seno del Foro de San Pablo durante sus reuniones anuales. El director de América Libre es Libánico —Frei Betto— quien cuenta con la colaboración de políticos y pensadores de la izquierda continental, como los argentinos Patricio Echegaray, que pertenece a la plana mayor del Partido Comunista o Luis Brunati, quien integra su Consejo de Redacción. Libánico o Frei Betto, tuvo un dinámico protagonismo a lo largo de los procesos desatados por los revolucionarios continentales y en tal sentido fue uno de los seguidores del ideólogo guerrillero Carlos Marighella, posiblemente uno de los más importantes dentro del Brasil cuyas enseñanzas y recomendaciones saltaron las fronteras e influyeron en todos los países de la región. Frei Betto se ha sumado a quienes suelen reclamar la renuncia del Papa, es partidario de la formación de una iglesia nacional y de las corrientes indigenistas que aparecieron en los escenarios políticos desde hace unos años. Asimismo, interviene en la organización de los seminarios destinados a encontrar nuevos argumentos para los movimientos de izquierda, como el que en 1995 desarrolló en Buenos Aires el tema “Perspectivas de Liberación en América latina” del que surgieron los títulos que consignamos más arriba.

Frei Betto es prolífico en su cometido. No solamente sus vínculos se extienden a lo largo y lo ancho del continente donde puedan existir posibilidades para sus renovados proyectos, sino que igualmente se interesa en cuestiones económicas de todo tipo, especialmente aquellas que tratan los problemas del petróleo. Sus inquietudes abarcan una amplia gama y dentro de su esfera ideológica es un impulsor de las ideas educativas del mencionado Paulo Freire y está relacionado con los remanentes del tercermundismo como, por ejemplo, aquellos curas que se transformaron en dirigentes del marxista Frente Sandinista de Liberación Nacional que ocupó el poder en Nicaragua, entre ellos Fernando Cardenal y Miguel D’ Escoto.

Durante todos esos años no fueron pocos los pensadores laicos y religiosos de distintas nacionalidades, que de una u otra manera y con diferente intensidad, cuestionaron a la línea oficial de la Iglesia al defender distintas variantes de la misma teología. Entre los principales estaban Gustavo Gutiérrez, Alex Moreli, Hugo Assman, Jean Baptiste Metz, Eugen Drewermann y ya en épocas más cercanas, los exegetas de la llamada Nueva Era, el mexicano obispo de Chiapas Samuel Ruiz —igualmente relacionado con el Foro de San Pablo- y muchos otros cuya actividad también se prolonga hasta nuestros días.

Dentro de un mareo de agitados debates y discusiones que giraban en torno de los problemas sociales, las ideas marxistas afloraban debajo de un paraguas religioso que distraía la atención sobre su verdadero contenido. Así sucedía en organizaciones tales como las Juventudes Obreras Católicas, la prestigiosa Acción Católica y en distintos seminarios de mayor o menor importancia. Se creaban entidades identificadas con el Movimiento PAX, nacido en Varsovia después de la Segunda Guerra Mundial. con el IDOC (Centro Internacional de Información y Documentación sobre la Iglesia Conciliar), con la llamada Iglesia Profética, con las Comunidades Cristianas instaladas en diversos países, con entidades de teólogos y de formadores de congregaciones, además del Movimiento de Renovación para la vida religiosa y las federaciones de Encuentros Juveniles, de Movimientos Villeros y de la llamada Iglesia Joven, que en Chile respaldaría el proyecto de la Unidad Popular. En la Capital Federal, en La Plata y otras ciudades argentinas, el jesuita Juan Pruden, acompañado del padre Miguel Mascialino, organizó numerosos encuentros y diálogos sobre Teilhard de Chardín con militantes e ideólogos de la izquierda más avanzada, como lo fue, por ejemplo, Juan José Hernández Arregui.

Previo y durante los momentos más virulentos del conflicto un numeroso grupo de sacerdotes contribuyó desde Francia a fortalecer al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo que encontró en ellos un punto de referencia permanente. Una nómina incompleta de aquellos nos aporta los nombres de Pierre Minet, de Nimes; Robert Leval, de Lyon; Emilio Chonavey y Gerard Lerude, de Niza; Michel Guillán, de Valence; Robert Davezies y Michel Abert, de París; Jean Marie Lescure, de Narbonne; Pierre Ballgand, de Dijón; Guy Bonneau, de Poitiers; Berbard Bastier, de Pampelonne y Michel Burguete, de Abbayonne.

Según una publicación especializada entre las vinculaciones que tenían los franceses en la Argentina, estaba el padre Lebb, quien para referirse al marxismo hablaba del “socialismo liberador”, un concepto  que comenzaría a extenderse a lo largo de esos años entre quienes no resistían la tentación de politizarse apartándose de la tarea pastoral. Tiempo después Lebb abandonó los hábitos, el catolicismo y víctima de una gran depresión, terminó quitándose la vida, en tanto sus libros y panfletos eran reeditados para influir en los medios religiosos.

 

Una preventiva advertencia

 

El 25 de Septiembre de 1958, el diario capitalino La Prensa publicó en su segunda página un cable de la Agencia de Noticias United Press fechado en Castel Gandolfo. Titulado “Mensaje de Pío XII dirigido a América latina”, decía textualmente que el Sumo Pontífice Pío XII instó a los católicos de América latina a congregarse en un cuerpo inconquistable” en torno de su Iglesia asediada “por las fuerzas del mal”. Aunque no mencionó al comunismo, previno a los sacerdotes latinoamericanos contra el desvío de sus doctrinas sociales. “ante dificultades grandes o pequeñas de fuentes más o menos peligrosas” cuyos experimentos culminan con “excesos y horrores.

“América latina, ese formidable bloque católico, es una de las grandes esperanzas del mañana”, dijo el Sumo Pontífice. “Sin embargo —continuaba el cable— el Papa previno que “nadie puede ocultar las circunstancias criticas que atraviesa, por la necesidad de adaptarse a las nuevas formas de vida, y precisamente en momentos en que una crisis creciente puede acaso haber debilitado algunos de sus órganos vitales’.

“Las fuerzas del mal tratan de atacarla desde todos los ángulos, para establecerse firmemente’.

El cable publicado por La Prensa proseguía de la siguiente manera: Agregó (el Sumo Pontífice) que “hoy más que nunca, precisamente, porque toda la Santa Madre Iglesia libra una de sus mas recias batallas, es necesaria una estrecha unión de todos sus miembros. Es necesaria la más rigurosa unidad de acción y respaldo mutuo. Esto solamente puede lograrse cuando los fieles se agrupan como rebaño fiel en torno de sus pastores. y los pastores alrededor aquellos que el Espíritu Santo ha destinado a gobernar la Iglesia de Dios, para formar, todos juntos, un Cuerpo Inconquistable, cuya cabeza es el Vicario de Cristo en la tierra”.

Con el subtítulo “El primer código social es el Evangelio”, la noticia agregaba: “El Pontífice subrayó que es necesario que los sacerdotes estén al tanto de los problemas sociales”, pero insistió en que siempre deben recordar que “ el primero de todos los códigos sociales es el Evangelio, en el cual la Iglesia de Dios ha podido hallar todos los elementos indispensables para preparar una doctrina perfecta y completa”.

“El Sumo Pontífice subrayó la necesidad de que haya más y mejores sacerdotes en América latina”.

La publicación de referencia no sólo contiene una admonición respecto de las incipientes manifestaciones de rebeldía que comenzaban a producirse dentro del catolicismo, sino que también tuvieron un carácter profético. Poco después, esas rebeldías iniciaban un organizado camino contestatario que llenarla de inquietudes al mundo católico de los dos decenios subsiguientes y sus consecuencias se extenderían en el tiempo hasta nuestros días. La declaración papal tuvo un valor adicional, pues adquirió carácter testamentario: exactamente catorce días más tarde de la publicación, el 9 de octubre de 1958, SS. Pío XII moría en Castel Gandolfo.